Festival de Mar del Plata 2020. 1 Las mujeres

Josefina Sartora

Curioso Festival el de este año, propio de la época singular que estamos viviendo. Hasta hace muy poco se especuló con que el Festival de Mar del Plata podría llegar a ser mixto, es decir, con algunas actividades presenciales y las películas para ver online, pero las restricciones debidas a la epidemia de Corona virus impidieron que hasta ahora haya reuniones de muchas personas, por lo cual no hubo más remedio que limitarse a la computadora. Y ya sabemos: los Sistemas no son infalibles, el ser humano que los organiza tampoco lo es, y el diablo mete la cola en los sitios más indeseables.

La programación de este año es muy digna, hay títulos que han pasado por otros Festivales, nombres famosos, mucho nuevo cine argentino y latinoamericano. Obviamente la cantidad de películas es menor a la histórica, y creo que eso le hace bien al Festival. Por otro lado, hay clases magistrales online, encuentros con directores ídem, todo bajo la Presidencia del colega Fernando Juan Lima en su debut, y de la Directora artística Cecilia Barrionuevo.

Un Festival de alguna manera marcado por la muerte: hace dos años, vivimos la desaparición del submarino San Juan en la Sala de Prensa del Hotel Provincial; el año pasado, estuvo dedicado al maestro José Martínez Suárez, muerto hacía poco tiempo; la edición de este año es un homenaje al gran Pino Solanas, muerto este mismo mes. Para colmo, en pleno Festival muere Diego Maradona, un extraordinario ídolo popular como pocos hemos tenido, y me uno aquí al agradecimiento popular y a los homenajes en su memoria.

Volviendo al diablo… No tuve suerte con la tecnología. Las películas no abrían, no bajaban, actualicé todos los softwares de mi computadora, tuve la amable colaboración de la oficina de Prensa, de Producción, a quienes estoy muy agradecida. Pero la selección de películas vistas hasta ahora no es tal: es una lista librada totalmente al azar, a la suerte de que alguna película se dignara bajar. Entregada, resignada, me sometí a esta lotería borgeana. Sabemos que toda película vista en la pantalla de una computadora pierde un enorme valor, las películas siguen siendo concebidas para la pantalla grande. Pero esto es mejor que nada, al menos así tenemos un Festival. Peor les ha ido a otros festivales que no dispusieron del tiempo necesario para armar una versión online.

Y sin embargo… Pude encontrar otra manera de cubrir el Festival, para eso existen la imaginación y las relaciones mentales. Sea por ese azar, o por la selección de género que tal vez pergeñó Cecilia Barrionuevo, declarada feminista, es muy interesante apreciar cómo varias películas están dedicadas a la mujer, a su condición y a sus roles,  en sus distintas edades y circunstancias, o están dirigidas por mujeres.

Si lo vemos desde una mirada cronológica, hay que comenzar con Mamá, mamá, mamá, opera prima de la argentina Sol Berrezuelo Pichon-Rivière, que llega después de haber pasado por varios festivales europeos y logrado algunos premios. Realizado casi íntegramente por mujeres, es un muy sensible film sobre la niñez, y la entrada a la pubertad. Un grupo de niñas –primas y hermanas ente sí- permanecen en una casa donde, días antes, se ahogó la hermana de Cleo. Las chicas atraviesan el duelo desde las vivencias de su edad, Cleo angustiada porque su madre, destruida, está ausente. La tía hace lo que puede –no mucho- por acompañarlas. Sin padres a la vista, las chicas viven ese momento que para Cleo es iniciático, de ingreso a la pubertad y a una etapa de madurez precoz signada por la muerte. Berrezuelo sabe tratar con sutileza ese mundo infantil, con sus ritos,  sus juegos, sus fantasías. Las adultas –madre, tía y abuela- apenas están percibidas, sus cuerpos fragmentados, o en fuga, porque el acento está puesto en las menores. Continuadora del cine de Lucrecia Martel y de otras directoras argentinas, su primer film –breve, económico y preciso- es muy revelador de esa etapa dolorosa de la mujer niña. Un film de climas, de sensaciones o de atmósferas bien concebidas.

Sophie Jones es mayor. Está terminando la escuela secundaria, y acaba de perder a su madre. De una manera bastante brutal, atraviesa un duelo negado probando distintos encuentros sexuales como tales: son una prueba, sin compromiso alguno, sin involucrarse emocionalmente demasiado, lo cual le gana un descrédito en su medio. Tampoco la conmueve su vínculo con su padre y hermana, ya que Sophie vive esa etapa de la adolescencia en que es tan difícil la empatía con el otro que no sea yo, y vive todo de manera harto superficial. El vínculo entre hermanas está soslayado. La opera prima de Jessie Barr es lacerante, sin contemplaciones hacia sus personajes, con quienes resulta difícil identificarse. Filmada con cámara al hombro, es un típico ejemplo de cine indie de Estados Unidos.

Similar es la chica de Shiva Baby, otro film indie con una protagonista que acude a un shiva, la reunión posterior a un funeral judío. Quien ha muerto era amiga de su abuela, pero Danielle (Rachel Sennott) –que padece de trastornos alimenticios- parece estar allí sólo para comer típicos platos de cocina judía. Esa visita se convierte en un infierno: encuentra allí a su amiga, con quien ha terminado un affair amoroso, y para peor, a un hombre con quien la hemos visto tener sexo casual en la primera escena. Allí se entera de que él es amigo de su padre, y entonces sabe que está casado con una empresaria exitosa y tienen un bebé. Que también caen a la reunión, por supuesto. Filmada casi íntegramente en ese living lleno de gente que la acosa con preguntas, en medio de situaciones que la oprimen, la debutante canadiense Emma Seligman y su actriz Sennott saben transmitir la sensación de angustia y claustrofobia de una mujer en esa situación excesiva, la complejidad de esa personalidad en formación que constituye la multifacética Danielle.

Muy diferente es la protagonista de Selva trágica, una épica de la mexicana Yulene Olaizola, de quien habíamos visto en otros festivales las notables Fogo e Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo. Ambientada en 1920 en plena selva entre México y Belize, aborda la tarea de un grupo de chicleros, los trabajadores que hieren los árboles del caucho para recoger la goma que brota de sus heridas. Una práctica brutal, habitual desde los pueblos originarios. Allí llega escapada Agnes, una joven y bella negra, perseguida por un inglés que la desea, y sus secuaces. Ella ha rechazado un matrimonio forzado, y en la huida sus perseguidores han matado a sus compañeros. El destino se presenta duro para la joven. La mujer en su blanco vestido virginal es encontrada por los chicleros, que la llevan consigo. Se desata entones una tensión sexual de alta intensidad, y ella pasa a ser botín, justamente de lo que deseaba escapar. Sin embargo, el film vira hacia el realismo mágico cuando quienes abusan de ella van muriendo, misteriosamente, lo cual de confiere a la mujer un aura de exotismo y milagro, creyéndola una encarnación de una antigua leyenda maya. El film de Olaizola juega con la ambigüedad, reivindica el poder de lo femenino y la fuerza de la naturaleza que parece tomarse venganza, y que filma la directora maravillosamente.

De la selva volvemos a la ciudad: Cecilia, la protagonista absoluta de Un crimen común, es una profesora universitaria que enseña economía, cita a Althusser y vive con su hijito. Ceci no es muy diestra en la tarea doméstica, ni en la crianza de su hijo. Para eso está Nebe, su empleada, que saca las milanesas del fuego y limpia la casa. Ambas tienen una relación de amistad, pero una noche de tormenta, la despiertan los golpes reiterados en sus ventanas, y cuando ve que es el hijo de Nebe –a quien acaba de conocer- se asusta y no le permite entrar en su casa. Cuando el cuerpo del joven aparece muerto, acosado por los gendarmes, empieza para Cecilia el terrible calvario de la culpa y el cargo de conciencia.  Francisco Márquez había demostrado en La larga noche de Francisco Santis su mano para crear climas ominosos, tensión contenida, y lo reitera aquí con la excelente actuación de Elisa Carricajo, en un film en que nuevamente combina el thriller con el cine político, una cachetada a la indiferencia y al egoísmo individualista.

La relación madre hija, que ha dado tantos films de antología, es el foco de Las siamesas, la última creación de Paula Hernández después de Los sonámbulos. Basada en un cuento de Guillermo Saccomano, está realizada con escasos elementos: dos locaciones y tres personajes, y reúne a dos actrices enormes, Elida Lois y Rita Cortese. Ambas tienen un vínculo simbiótico perverso, una madre psicópata que vive manipulando a su hija hasta niveles insoportables, algo que la hija sobrelleva con amor-odio abrumado. Ambas viajan a un pueblo de la costa a ver unos departamentos que la hija ha heredado de su padre, ese “innombrable”. Después de la introducción, el film transcurre casi íntegramente dentro del ómnibus, en una sucesión de duelos verbales, de climax denso y claustrofóbico que va produciendo una irritación violenta, sostenida, sin desahogos. Es notable cómo la estupenda Elida Lois expresa sin palabras esa frustración, su humillación y su deseo contenido, reprimido, frente a una madre enferma, resentida, vampírica. Clota, la madre, podrá ganar el premio al personaje desagradable del año, gracias a la performance magistral de Cortese.

Vamos a cerrar esta nota con la mejor de todas, y no dirigida por una mujer: Medium, del gran Edgardo Cozarinsky. La película tiene como subtítulo Retrato de Margarita Fernández, porque de eso se trata: es un documental sobre la pianista y performer que hoy, con 93 años, abre su documental tocando de memoria durante casi diez minutos un Intermezzo de Brahms, sin partitura. Y sin fallas. Margarita supo ser parte de los movimientos de vanguardia en Argentina sobre todo en los convulsionados ’70, y sobre ellos conversa con una lucidez y un amor al arte que contagia entusiasmo y veneración, sobre todo entre los artistas jóvenes. Brahms es el otro protagonista, semioculto, por la admiración que director y pianista le profesan, una atracción que los llevó hasta su casa en Alemania, en una visita que es recordada. Cozarinsky tiene el buen gusto y sutileza de mantenerse en segundo plano, presente sólo con su voz, o aparición fugaz, dejando el primer plano a la verdadera protagonista. Por momentos, el documental se aparta del piano, de la música de  Schumann, Debussy, Martín Bauer, para ir por otras artes, como el cine de Garbo, la danza de Diana Szeinblum, o la pintura de Eduardo Stupía…

Esto no termina aquí: hay otras películas con destacadas protagonistas femeninas, como El país de las últimas cosas, de Alejandro Chomski, Escuela del bosque, de Gonzalo Castro, o The Woman Who Run de Hong Sang-Soo. Pero quedarán para otra ocasión…

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