Bafici 2021 – 1a nota
Josefina Sartora
En 2021 el Bafici logró realizarse a pesar de la pandemia, con las limitaciones del caso. En un formato híbrido, con funciones presenciales –muchas de ellas al aire libre en plena tarde con sol, no es el ideal para ver cine-, y la anunciada posibilidad de ver todas las películas online. Esto lamentablemente no puede cumplirse, son infinitas las quejas de quienes no pueden acceder a las películas por uno u otro motivo. Yo misma estuve 3 días sin poder hacerlo, hasta que desde la oficina de prensa un técnico trabajó durante una hora para que mi computadora pudiera compatibilizar con Cinando, y le estoy agradecida, porque de lo contrario no hubiera podido ver nada, o casi nada. La excusa habitual “estamos en medio de una pandemia” no es válida, porque han tenido un año entero para prepararse y organizar un sistema online eficiente. Por otro lado, la programación no resulta estimulante. Parece que hubieran recogido lo posible, no lo deseable, y no se percibe un criterio de selección o curaduría alguno.

Resignada a cubrir “lo que hay”, estuve viendo algunas películas relacionadas con el trabajo de artistas. En una programación donde abunda el cine argentino, y hay muy poco para ver del panorama internacional, fue un feliz hallazgo Fellinopolis, un documental realizado en el centenario del nacimiento de Fellini por Silvia Giulietti. Con imágenes de archivo de diversas épocas de Fellini como director, y buenas escenas del making of de La ciudad de las mujeres -si bien bastante convencional- el film constituye un fresco personal y profesional de uno de los más grandes directores de la historia del cine. Desfilan ante la cámara colaboradores del director, ensalzándolo, entre quienes se encuentra Lina Wertmüller, quien fuera su asistente de dirección.

Fellini es evocado también por el director soviético Marlen Khutsiev en el corto documental Un Brindisi georgiano, de Giuliano Fratini. Khutsiev mereció un foco en el Festival de Mar del Plata de 2015, donde pudimos ver sus mejores films: Tengo veinte años, Lluvia de julio, Infinitas. En esta breve entrevista, con gran modestia, recuerda emocionado su relación con Fellini, en un solo encuentro que tuvieron en el Festival de Moscú.

El documental más interesante sobre artistas que he visto hasta ahora es Parakultural: 1986-1990, que recorre la historia de ese centro de la contracultura de los años ’80, nido de gestación y florecimiento de artistas del teatro y el rock alternativos. Natalia Villegas y Rucu Zárate saben evocar lo mejor del lugar y de una época en Argentina. Quienes lo frecuentamos, sabemos lo que significó ese espacio de libertad apenas salidos de la dictadura, y el documental recoge aquellas experiencias en tomas de archivo de Las Gambas al Ajillo, las poetas Barea-Urdapilleta-Tortonese, Los Melli, las bandas punk, y evocaciones actuales de aquellos artistas. Un verdadero hit.

No resulta tan interesante en cambio el documental sobre el pintor Ricardo Cinalli, Cuando el Olimpo choca con la pampa, de Sol Miraglia y Hugo Manso, por focalizar su atención en el cuerpo del artista y no en su obra. El Bafici siempre ha dedicado un buen espacio de su programación a la temática LGBTIQ, desde que Diego Trerotola fuera su programador. Después de que prescindieran de Diego, este espacio permaneció, abierto a nuevos títulos. Este año hay novedades recomendables, como Sexo y revolución de Ernesto Ardito, o Queer Diaries, de Santiago Giralt. Ambos abordan con fuerza, valentía y hasta afán didáctico, la temática gay y son films valiosos. En cambio al documental sobre Cinalli no le interesa profundizar sobre ningún tema: ni sobre la pintura del artista, que bien merecería un film –en la que combina un atractivo neoclasicismo con evocaciones a la Suite Vollard de Picasso-, ni abordarla desde el punto de vista pictórico, ni tampoco sobre su condición gay, acaso sugerida. Prefiere detenerse en el cuerpo de Cinalli –bello a pesar de los años, es verdad- en largos planos de desnudos, espaldas, brazos, que no conducen a ninguna parte.

López, de Ulises Rosell, resulta un retrato del fotógrafo Marcos López, un trabajo a cuatro manos elaborado por el director y el retratado. Tampoco aquí el foco se centra en la obra del artista, pero sus fotos aparecen siempre en cuadro, aunque de manera tangencial, casi casual, como la de Cinalli, sino que el documental se dedica a mostrar la figura de López. Su locuacidad, sus manías alimenticias, la relación con su madre, con sus discípulos, su vida cotidiana. Pero también vemos su trabajo, cuando retrata a Fernando Noy, o prepara una muestra o un libro. Quienes estamos interesados por la obra, podíamos apreciar las fabulosas fotografías colgadas de las paredes, que funcionan como trasfondo permanente de su personalidad.

Las películas de apertura de los festivales constituyen una suerte de manifiesto, un ejemplo de lo que se busca en ese festival, de lo que se desea mostrar. Así, la edición del Bafici de 2019 abrió con Claudia, una comedia intrascendente con un guión pésimo y un desarrollo indeciso, errático, deplorable. El resto de aquel festival no fue tan malo, pero toda la programación fue la prueba de que cada año el Bafici continuaría devaluándose. Este año abrió con Bandido, una película de Luciano Juncos que también tiene un guión muy pobre, pero que el mismo Juncos se encarga de salvar del desastre. En otras manos, es mejor no imaginar lo que podría haber sucedido. El protagonista también es un artista, un cantante melódico en decadencia, harto de su profesión, que casi por sorpresa encuentra en la vida un estímulo para seguir vivo y cantando. Osvaldo Laport es el otro que pone la película a flote, en una buena actuación que trasmite el hartazgo de su vida, y el deseo de lograr alguna redención. Una película correcta, llena de buenas intenciones, como imagino en su origen fue este Bafici.