Malmkrog
Cristi Puiu
Guión: Cristi Puiu, basado en Vladimir Solovyov
Rumania-Serbia-Suiza-Suecia-Bosnia y Herzegovina-Normacedonia/2020
Plataforma Mubi

Josefina Sartora
Vladimir Solovyov fue un místico escritor en la Rusia de fines del siglo XIX, y escribió Tres diálogos y Relato del Anticristo, libros que Puiu ha adaptado al cine, a pesar de su poca naturaleza cinematográfica. Porque el libro es una larga discusión sobre temas serios y profundos como la guerra, el espíritu religioso del ejército, Dios, la religión, la moral. Varios nobles o miembros de la aristocracia discuten sobre estos temas en una mansión de la campiña de Malmkrog, en Rumania. Sin embargo, la acción transcurre en Rusia, y los aristócratas hablan francés, como se solía en esa clase social durante el zarismo. El dueño de casa (Frédéric Schulz-Richard) y sus invitados debaten desde una mañana hasta la noche en sus salones, y beben y comen, atendidos por una variedad de sirvientes. En otra habitación, yace postrado el padre del anfitrión.
Asistimos al diálogo como a una puesta teatral: Puiu se vale de su virtuosismo, ya demostrado en La muerte del señor Lazarescu, puesto a filmar ambientes cerrados, como en Sieranevada, variando sus métodos, según van pasando los seis capítulos, dedicados cada uno a un personaje. Largos planos secuencia, o fijos, con una rígida simetría, en el primer capítulo, los personajes de pie, hablan con pocos movimientos, la cámara gira sobre su eje enfocando a uno y otro; después, la cámara sigue a los criados, silenciosos, invisibles, ignorados, en su ballet de servicio; otro plano fijo cuando los comensales están sentados ante la mesa imponente; un juego de plano-contraplano para un ágil cambio de opiniones, en los que atisbamos la psicología de cada personaje. Los aristócratas también se mueven ejecutando sus pasos de ballet, casi sin modulaciones, los hombres con las manos en los bolsillos, las mujeres contenidas, pero intelectualmente muy activas. (Puiu cambió el género de algunos personajes, interpretados por mujeres en roles que en el libro eran masculinos.) En alguna ocasión, un breve asomo al exterior, el parque nevado. En el epílogo, una vuelta formal al principio, para terminar la discusión con trivialidades.

Algunos han visto las similitudes del film con El ángel exterminador, de Luis Buñuel, con burgueses atrapados en una habitación, donde discuten. Pero nada del humor corrosivo de Buñuel se respira en esta película sofocante.
Lo grave es la ideología que trasunta: más allá de la banalidad de observar que esos aristócratas no hacen más que comer y charlar durante todo el día, de lo que se habla en esos ¡200! minutos es de la superioridad de los unos sobre los otros, de Europa frente a los bárbaros, de la justificación religiosa de la guerra, de la fuerza del nacionalismo ruso, todo esto en un aura de fascismo tal que cuando al final de uno de los capítulos suenan disparos y los burgueses son abatidos, sentimos alivio. (¡Una disrupción, por fin!) Pero no, no nos ilusionemos: acto seguido todo sigue como si ese episodio nunca hubiera acontecido, sin explicación alguna. Es notable cómo, ante cualquier irrupción del exterior, extraña a su discusión, a su esfera reducida en el salón, todos permanecen pasivos, incómodos pero inactivos, incapaces de reaccionar, como si el exterior les fuera ajeno, inmerecedor de su atención.

A esta altura, ya nos damos cuenta de que Solovyov era opuesto a Tolstoy. La mujer más joven encarnaría esta posición más humanista, objetada por los demás, sobre todo por su esposo, el mefistofélico dueño de casa. Por suerte, pronto llegó la revolución. Pero si bien el debate anuncia los tiempos por venir, estos no se han ido, y esas ideas siguen hoy peligrosamente vivas.