El discípulo

El discípulo

Dirección y guión: Chaitanya Tamhane

India/2020

Netflix

Josefina Sartora

La música, el arte entendidos como forma de vida y camino hacia la evolución espiritual. Una gurú nunca vista, Maai, indica que transitar ese camino exige el sacrificio. Sharad está dispuesto a todo para lograrlo, y escucha sus enseñanzas grabadas mientras avanza en su moto por las increíblemente vacías calles de Mumbai, en cámara lenta. Dedicado a cantar la música clásica india, el joven (Aditya Modak) renuncia a una familia y toda otra forma de vida para atender a su propio gurú, un músico al que baña, unta con aceite y paga sus cuentas del médico. (El maestro está interpretado por un músico real, Arun Dravid, que entona unos cánticos maravillosos.) Pero sus performance nunca alcanzan el nivel buscado, y mientras sus compañeros triunfan él continúa practicando, incluso quince años más tarde.

Chaitanya Tamhane había tenido un consagratorio debut con Tribunal o La corte, un film judicial que había obtenido premios en el Festival de Venecia. Lo mismo ocurrió con El discípulo, que en 2020 allí recibió varios premios, incluido el de la Fipresci.

El espectador occidental no tiene acceso fácil a esta película: es muy poco narrativa, y las performances musicales ocupan un lugar predominante. Lo mismo ocurría con aquel film brillante de Satyajit Ray, El cuarto de música (1958), en el que la música era el último consuelo en la vida de un hombre en ruinas, a la par que mostraba lo mejor de ese arte milenario. Pero a quien no tiene el oído acostumbrado a los cánticos indostaníes no le resultará fácil reconocer los distintos matices de ese canto melodioso y obstinado, las modulaciones de una idea musical a otra.

Tanto el gurú de Sharad como su padre -quien lo había iniciado en la música- tuvieron como maestra una mujer cuyo perfeccionismo le impidió grabar su canto. Pero sus enseñanzas perduraron, y el joven se considera un depositario de su legado. Muy subrayado es el contraste entre esa música clásica, seguida por unos pocos devotos, y los shows de música india en la televisión, que abrevan en esas fuentes originales.

Como en su film previo, Tamhane elige un tratamiento distante, de planos generales, neutros, secos, con algunos planos medios para los momentos musicales, de voz y esos maravillosos instrumentos indios -tambura, sitar, tabla, etc- que crean una atmósfera de recogimiento y compenetración. Un realismo seco, despojado de apasionamientos, para esos hombres que contienen un mar de emociones, sin duda. Las que viven los discípulos pendientes de sus maestros, acaso endiosados. El film va más allá de la peripecia, los hechos sirven para presentar una psicología estética, una filosofía sobre el arte, la formación del artista y la vida ascética dedicada a la música, en una búsqueda de iluminación o trascendencia.

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