Festival de Mar del Plata 2021 – 1 Retrospectiva Machiko Kyô

Josefina Sartora

El cine japonés abunda en extraordinarias actrices. Su estilo de actuación es absolutamente peculiar, único en la cinematografía, como lo es la mentalidad japonesa. Muy lejos del histrionismo de Hollywood, del apasionamiento italiano, de la fría seducción francesa, las actrices japonesas expresan una sensibilidad sutil, tan delicada, austera y bella como el ikebana. Setsuko Hara, actriz de Ozu, Cheiko Higashiyama, Hideko Takamine, Kinuko Miyake son sólo unos pocos nombres de quienes integran el cielo estelar japonés. Una de las figura más relevantes de este firmamento es Machiko Kyô, quien trabajó bajo la dirección de todos los más célebres directores del cine clásico y fue una de las causas de que el cine japonés trascendiera en Occidente. Actriz dotada de una versatilidad asombrosa, que se refleja en la variada selección que le dedica esta retrospectiva.

En La puerta del infierno (Teinosuke Kunegasa, 1953), film que ganó Oscars, Cannes y premios en otros festivales, es la mujer que obsesiona a un samurái, loco de amor por ella. Pero está casada, y es fiel y devota de su marido. El film tiene un maravilloso trabajo con el color, recién llegado al cine japonés, de una sensualidad y expresión apabullantes.  Los ambientes, el vestuario, recrean el Japón medieval cortesano.

El samurái se arrastra en una espiral descendente, manchando su honor en una conducta abominable, contrastada con la del marido, un caballero tolerante y amoroso. La actuación de Kyô es absolutamente magistral, no necesita la palabra para expresar el conflicto de sus sentimientos. En la escena más trágica, en silencio sabe trasmitir toda la emoción contenida, la inminencia del final, cuando va hacia su destino ominoso. El film presenta un trato abusivo de la mujer, propio del cine japonés, intensificado por la época en que transcurre la historia. La mujer objeto, que el hombre considera un bien el que se puede apropiar a voluntad.

Trasponer La historia de Genji al cine era una tarea casi imposible. La larga, fundadora novela escrita por Murasaki Shikibu alrededor del año 1000 cuenta la vida amorosa y política de Genji, hijo natural del emperador, y sus numerosas mujeres. Y también la historia de su descendencia. La versión de Kozaburo Yoshimura (1951) se circunscribe a unos años de su vida, y algunas de sus historias amorosas. Machiko Kyô es aquí una de las mujeres que elige Genji, pero a diferencia de La puerta del infierno, su personaje no es tan puro sino más pícaro, con su seducción se las ingenia para engañar al mismo Genji.

Aquí también la situación de la mujer se expone con toda brutalidad, como el objeto que el hombre poderoso puede manejar a su antojo, apoderarse de ella sin importar su edad ni rango, y disponer a su voluntad. En contraste a esa conducta brutal, el film posee una belleza visual exquisita, con un uso expresivo del blanco y negro, y ambientes japoneses clásicos. Ambas películas fueron fotografiadas por Kohei Sugiyama.

Ugetsu nonogatari, o Cuentos de la luna pálida (1953), es la mejor película de Kenji Mizoguchi y una de las grande obras de la cinematografía mundial. En esta ocasión, Kyô incursiona en el fantástico-maravilloso. En la edad media, dos hombres muy ambiciosos desoyen el consejo de sus mayores y en vez de prepararse para la guerra que se avecina, siguen ciegamente el camino de la ambición, abandonando a sus mujeres ante la invasión inminente. Como siempre, Mizoguchi presenta a sus mujeres destruidas por la acción de los hombres. Kyô es un espíritu, un espectro que vuelve de la muerte para conocer las delicias del amor, y termina de perder a uno de los hombres. Como una geisha, lo seduce, baila y canta para él, le brinda bienestar  y lo transporta a un mundo idílico, un paraíso. Ambos hombres deberán enfrentar el resultado de sus actos. El regreso al hogar es una obra maestra de Mizoguchi, de su movimiento de cámara, con una música de percusión de efecto hipnótico.

En Hierbas flotantes (1959) Kyô actuó con Yasujiro Ozu, el mejor de todos los directores japoneses, en su madurez. Es aquí una actriz de teatro itinerante, que llega a un pueblo perdido con una compañía de teatro. Todo muestra el fin de una época: la madurez de la actriz, la compañía anticuada, el ocaso de ese tipo de teatro. Amante del director, éste busca en ese pueblo a su familia perdida, lo cual enciende los celos de la mujer, quien trama una venganza. Kyô nuevamente expone su versatilidad, para interpretar este personaje en decadencia, para expresar su rencor, y también su devoción al hombre. Hombre que, como es habitual, se siente dueño de las mujeres y las maltrata, llegando a la violencia física.

Está presente, como siempre en Ozu, el melodrama familiar, el conflicto generacional. Abundan los planos fijos, a manera de naturalezas muertas, extáticas, o paisajes interiores, cada uno con una composición exquisita: el plano inicial que empareja un faro y una botella, el balcón con flores en sus distintos momentos, el teatro con sus banderines, el vagón de tren con sus pasajeros durmiendo, extraordinario.

Machiko Kiô actuó en A Woman’s Testament (Jokyo) (1960), film en 3 episodios con diferentes directores,  sobre mujeres que tratan de superar la situación en que la sociedad patriarcal coloca a las mujeres, en todos los casos relacionando su conducta con el dinero.  Ella actúa en el segmento dirigido por Kozaburo Yoshimura, como una ex geisha que hoy dirige un hotel. Estricta, egoísta, es una hábil mujer de negocios. En el encuentro con su ex suegro -Ganjirô Nakamura, quien actuó con ella también en Hierbas flotantes– podemos comprender el abuso que ha vivido y la llevó a ser como es. Pero ha de experimentar una toma de conciencia cuando reencuentra un viejo amor, situación que le permite conectare con sus sentimientos, su lado humanitario, y consecuente redención.

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