Josefina Sartora
Que se realice el Festival de mar del Plata en 2021 de manera presencial, después de haber atravesado el pico de la pandemia, con todos los inconvenientes de la época, es encomiable. Más aún, cuando la programación es estimulante, si bien más acotada que otros años, como es razonable y diría hasta conveniente: menos es más.
El Festival ha mantenido sus secciones: Competencia Internacional, Latinoamericana, Argentina, Estados Alterados, y otras secciones interesantes, retrospectivas, homenajes. Hay un grupo de películas que recorren festivales de todo el mundo: ya nos hemos referido a varias que estuvieron en el Festival de Nueva York en la nota correspondiente. El poder del perro, The Lost Daughter, What do you See When you Look at the Sky? también estuvieron aquí. Repasemos ahora algunas otras.

Cuando supe que Ryûsuke Hamaguchi había realizado una película a partir del cuento de Haruki Murakami, Drive my Car, me pregunté cómo llegaba a un largo de 180 minutos a partir de un cuento corto. El resultado es una lección de cómo enriquecer un texto. Parte del cuento, que está allí, y es la base del film, pero con el agregado de antecedentes, una puesta impecable y un ensayo cinematográfico sobre el teatro y sus efectos. El protagonista pierde a su esposa y al tiempo encara la puesta de Tío Vania de Chejov. Se establece entonces un juego intertextual entre vida y teatro -y entre teatro y cine- que va atravesando corazas emocionales de los protagonistas: Yusuke el director de teatro, y su enigmática chofer. “Chejov contacta a uno con lo propio” explicita el film. Las líneas de Tío Vania refieren de una y otra manera al duelo que vive el director. De cómo el arte oficia de catarsis o vía de sanación, en una película que apela de manera maravillosa, ambigua y sutil a la emocionalidad, a las pasiones acalladas, y la redención.
Ganadora de la Palma al guión en Cannes y del premio Fipresci, fue injustamente relegada tras la burda y efectista Titane.
Que es precisamente la película que más comentarios ha generado. Titane, de Julia Ducourneau, ganadora de la Palma de Oro en Cannes, una película que suena más a provocación que a propuesta estética. Un film absolutamente único, eso sí, por la manera de jugar con la fantasía, la violencia, el género. Una película dedicada al cuerpo y las transgresiones. Desde el comienzo, hay un trabajo conceptual con el cuerpo: la placa de titanio que le colocan en la cabeza a Alexia la protagonista (Agathe Rousselle) cuando era una niña la inclina a ser toda ella un objeto, y ¿metálico? A juzgar por el título, sí. En la escena de parto del final, de su cuerpo abierto asoman reflejos metálicos, en varias zonas. Su acto sexual con un auto -cerca de Crash– también habla obviamente de su condición objetual. Y por si esto fuera poco, Alexia mata a todo quien intente acercarse, de manera bastante asquerosa.
A este tour de force durísimo, cruel, se le imprime un giro: del cine de horror, de lo fantástico, el film deriva hacia el melodrama, cuando, travestida, transformada en un no binario algo monstruoso, Alexia es reconocida por un padre que ha perdido a su hijo hace diez años. Y aquí empieza otra historia. El hombre (Vincent Lindon) está bastante loco, pero aceptemos que reconozca en Alexia a su hijo, a pesar del avanzado estado de embarazo que lleva (se supone que el auto es el padre), bajo una vendas que no ocultan nada. Cuando de sus senos mana aceite de auto, ya la cosa se pone del todo oscura y repugnante. (Es una película no recomendable para espectadores impresionables frente a la violencia extrema, y hará delicias de quienes busquen impacto y transgresión.) Es difícil tomarse esta película en serio, se la salva si se apela al humor, que está presente, socavado, tras el horror.
Pero el título apela también a los titanes: si se supone que Alexia es un titán, sus sentimientos reprimidos le juegan una trampa. Y en cuanto a la peculiar visión algo deformada de la transexualidad, políticamente incorrecta, hay mucha tela para cortar. En suma, una película que no cesa de apelar a la reacción del espectador, al efecto primal, intenciones nada recomendables en el cine.

En una Competencia Internacional muy despareja se destaca Petite maman, lo último de Céline Sciamma, de quien vimos Retrato de una mujer en llamas. Un film enigmático, delicado, sobre la relación hija-madre. En medio del duelo por la muerte de su abuela, una niña conoce en un bosque a otra, que se le parece muchísimo (ambas actrices son hermanas) y se hacen amigas. Veremos cómo va tomando conciencia de que se trata de su propia madre, a su edad. Una historia mágica, que transcurre en el bosque como tantos cuentos de hadas, magníficamente fotografiado. Un mundo de simetrías, tiempo y espacio desdoblados, en espejo, que se corresponden como vía del amor.

Otra pieza valiosa en Competencia es Quién lo impide, película de largo vuelo de Jonás Trueba, premiada en San Sebastián. Resultado de cinco años de trabajo con un grupo de jóvenes, que refleja las vivencias de adolescentes primero, mayores después. Un film ágil a pesar de su duración (3 horas 40 minutos que podrían ser menos) da voz a los jóvenes, quienes a través de entrevistas, encuentros, zoom, que superan las barreras entre ficción y realidad. Luminosa, franca y fresca, como los jóvenes.
Hay títulos que no deberían estar en la Competencia Internacional: Hellbender, de John Adams, Toby Poser, Zelda Adams, es una de ellas. Un film que quiere renovar el género de terror, combinado con el rock punk, pero que no cuenta mucho. Otra: The Girl and the Spider, de Ramon y Sylvan Zürcher, que si bien llega con premios, es una obra obsesiva, densa y claustrofóbica, con planos medios de personas que se chocan, molestan, acusan, interrogan, recriminan, apuntando a establecer una mudanza como el ámbito para dilucidar las relaciones interpersonales.