Bafici 2022, 1ª nota

Josefina Sartora

Hay que flexibilizarse y aceptarlo: el Bafici ya no es lo que era, es otro festival. Diría que desde que abandonó el icónico espacio del Abasto, durante tantos años lugar de encuentro con lo mejor del último cine, con los cambios de sitio, de políticas culturales y económicas, y de dirección, el Bafici está -sigue- buscando una nueva identidad. Continúan algunos tips clásicos -el cine de Claire Denis, de Hong Sang-soo, el grupo de cineastas argentinos que surgieron alrededor de Mariano Llinás-, pero hoy el Bafici se ha transformado en la vidriera de un cine argentino joven desconocido, a descubrir. Seguramente pesan los recortes presupuestarios, pero la oferta de cine internacional ocupa un mínimo espacio en la programación, con algo de lo presentado en Berlín. Y de lo nuevo argentino, no hay muchas propuestas muy estimulantes, aunque hay algunas sorpresas.

Ante la falta de funciones de prensa, que eran muy útiles para seguir las distintas competencias, y la posibilidad de acceder con mi credencial a solo 2 funciones diarias, y frente a un catálogo con muchos signos de interrogación, traté de dedicarme a lo más atractivo.

Entre las muchas comedias que presenta el Bafici -su dirección tiene predilección por el género- La croisade tiene su encanto. Una “comedia ecologista” como dijeron algunos, es la aproximación del actor-director Louis Garrel a los problemas globales. Los niños demuestran estar más conscientes de que se termina el mundo, y tienen planes para paliar la situación de emergencia. Los padres aparecen como lo que somos los adultos: abúlicos, indiferentes e irresponsables del cambio ecológico. Unos actores jóvenes notables dan una lección de madurez sobre la sociedad que se viene, en esta película que juega a sonreír frente a problemas muy serios.

Lo último de Hong Sang-soo, The Novelist’s Film, tiene la particularidad de abordar temas femeninos, como lo había hecho en In Front of Your Face. Hong parece querer ponerse a tono con los tiempos que corren, y ahora sus temas recurrentes -el artista fuera de Seúl, los proyectos artísticos, los grupos de bebedores, los elogios cruzados, los largos planos fijos- funcionan entre mujeres. Por lo demás, lo de siempre, con la coherencia y la excelencia de siempre.

Martín Farina colaboró con Marco Berger en la realización de Gualeguaychú, un documental sobre el carnaval y el mundo gay que participa activamente en sus desfiles y comparsas. En El fulgor presenta una suerte de entretelones de aquel film, pone de relieve la etapa anterior a los desfiles, muestra quiénes son los personajes que participan.  Gauchos, de eso se trata. De su trabajo con los animales, su arreo, matanza, faena. Pocas veces el cine argentino se ha ocupado de una tarea tan propia de nuestro país, esencialmente ganadero. Farina lo hace magistralmente, sin diálogos en todo el film, sin comentarios, con una fotografía admirable, en una suerte de ensoñación. Una vez realizada la faena, la película vira, los gauchos se van al pueblo y adviene el carnaval. Del color pasamos al blanco y negro. Esta segunda parte resulta muy similar al film anterior, no hay mayores cambios: la preparación, vestirse, maquillarse, las plumas, los brillos, salir al ruedo, con muchos primeros planos del bulto de genitales. Todos personajes masculinos. Cine gay, podría decirse, y bien hecho.

El káiser de la Atlántida, documental de Sebastián Alfie, fue una de las sorpresas que he mencionado. (Aunque no debía sorprendernos, porque está producido por el interesante Daniel Rosenfeld entre otros.) Tal es el título de una ópera de cámara que el músico austríaco Viktor Ullmann compuso durante su prisión en el campo de exterminio de Theresienstadt, o Teresin. El documental sigue la trayectoria de la ópera. En el campo, Ullmann participó de las actividades culturales que pudieron desarrollar los judíos reclusos, hasta que fueron trasladados a Auschwitz, perdiéndose toda noticia de ellos. Sin embargo esta ópera logró filtrarse, y estuvo guardada durante años, hasta que recientemente fue estrenada en Madrid.

La ópera tiene un personaje, el káiser, un gobernante totalitario que apuntaba a Hitler y que todavía hoy tiene una vigencia absoluta. Ullmann la concibió como una manera de supervivencia. Muerte, guerra, espanto se combinan en la obra, acompañados de imágenes de archivo, animación de ciertas escenas y registros del estreno. Los investigadores recurrieron a una mujer con poderes para comunicarse con los muertos, quien logró indicaciones del compositor para su ópera.

La pareja Alejo Moguillansky-Luciana Acuña se han echado a sus espaldas esta comedia familiar en tiempos de pandemia que es La edad media. Una familia encerrada en su casa durante la pandemia, artistas independientes que ven caer sus trabajos e ingresos, mientras luchan por sostenerse en medio de la debacle, una hija protagonista y narradora, y una perra siempre presente, componen esta simpática obra que si bien no es perfecta, ni alcanza alto vuelo, resulta agradable.  Acuña es una bailarina notable en un ambiente muy restringido y su hija Cleo, una actriz promisoria.

El cine de Jonathan Perel siempre ha estado comprometido con la realidad argentina, política y social. Su último Camuflaje sigue la propuesta del escritor Félix Bruzzone, hijo de desaparecidos, de investigar Campo de Mayo. Su madre desapareció allí cuando él tenía tres meses. El vive en las inmediaciones, y entrena allí como maratonista. Protagonista casi exclusivo, el documental lo sigue en sus exploraciones por el lugar, en sus obsesiones por el mismo, tal vez en una operación curativa, o catártica. No es el único: hay sobrevivientes que quieren hacer de ese espacio un sitio de la memoria, otros que venden tierra del mayor centro de exterminio de la dictadura como souvenir a los turistas, artistas que intervienen el Campo. Lo curioso es entrar en esa zona hasta ahora casi vedada, suerte de selva subtropical similar a la del Tigre, con bosques frondosos de plantas autóctonas y exóticas, y rica fauna, donde los galpones del confinamiento han sido derribados. No era la imagen que nos hemos construido de ese sitio siniestro, que parece camuflado, aunque conserva su aura fúnebre, como las fábricas del film anterior, Responsabilidad empresarial.

Gastón Solnicki no deja de asombrarnos. Cada nueva película envuelve un universo único, deslumbrante y emotivo, diferente a todo. A Little love package constituye un mosaico multicolor, multiforme y cambiante compuesto de diversas partículas relacionadas entre sí y no, que conforman un todo fragmentario, abierto e inquietante. Para quienes busquen un hilo frágilmente narrativo, hay allí dos mujeres que recorren Viena en busca de un departamento, sin que la interesada encuentre nada que la satisfaga. En el camino, curiosas postales vienesas: piedras, museos, el célebre café Weidinger, el tiempo de cocción de un huevo duro, la maduración de los quesos, las calles de Viena, un barquito a control remoto, la música infaltable, los encuentros entre amigos. El film comienza con la prohibición de fumar en los cafés, y Solnicki quiere de alguna forma presentar el fin de una era. Y la muerte, en suma. El regreso de una de las protagonistas a su tierra, Andalucía -donde vive su familia, que es la de Charles Chaplin- cambia absolutamente la atmósfera, aunque no la esencia del film.

La fotografía de Ruy Poças constituye el hallazgo máximo, extraordinario.

Muy lejos del compromiso de Perel, de la creatividad de Solnicki o de la simpatía de Moguillansky, otros films me resultaron irrelevantes, prescindibles: Julia no te cases, Que todo se detenga, El pa(de)ciente.

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