Josefina Sartora
La película de apertura del 23 Bafici fue Pequeña flor, de Santiago Mitre. Como es habitual, una comedia. Algo raro en Mitre, siempre tan serio. Una comedia filmada en Francia, sobre las rutinas de un argentino desempleado, su mujer trabajadora y su vecino. Una comedia que sorprende en cada detalle, aunque nunca levanta vuelo. Daniel Hendler luce mejor en el drama que en la comedia, y Vimala Pons y Melvil Poupaud, geniales.

El mejor Bafici que he visto hasta ahora es Eami, esperado film de la paraguaya Paz Encina. Una película impresionante en todo sentido: por su propuesta, su fotografía, su sonido magistral, su ideología. En la comunidad de los originarios Ayoreo, la niña protagonista Eami ha perdido la salud porque ha salido del monte, donde se guardaba con sus congéneres. Eami significa monte y mundo, y para ellos el monte lo es. Hasta que llegaron los coñone, blancos, los manonitas, a deforestar, y convirtieron esa zona del Chaco paraguayo occidental en la región de mayor depredación en la Tierra. Salir del monte significa la muerte, el fin de una cultura. Encina intenta mostrar la relación de los indígenas con la naturaleza, su peculiar manera de concebir la vida, el tiempo y el espacio, y los mitos. Las voces en off y Eami misma encarnan la tierra, de sus ancestros, con sus necesidades y sus deseos. Los planos fijos que muestran la zona, a veces selvática, otras arrasada, forman sistema con una banda de sonido rica y sorprendente, con los sonidos propios de la zona, y el trabajo con la luz cambiante, todo lo cual crea un estado alucinatorio.
Encina estuvo acompañada en la presentación de la película con su equipo de filmación y un miembro de la tribu ayoreo, que dio mucha información sobre el estado de alerta y resistencia en que viven. Claro que esto no está especificado en el film sino de manera poética y alusiva, pero constituye la base sobre la que está concebido este film que va mucho más allá de lo puramente antropológico o etnográfico. Eami ganó el Festival de Rotterdam, que había premiado antes su Hamaca paraguaya.

Claire Denis es presencia habitual en el Bafici. Ha estado incluso de manera presencial, como decimos ahora. En su último film Avec amour et encharnement, vuelve a abordar las complejas relaciones humanas, el amor, el deseo y la frustración, sus temas habituales. El prólogo idílico presenta una pareja de amante en el mar, de vacaciones. La vida de ambos cambia radicalmente cuando vuelven a Paris, él está rehaciendo su vida y su carrera después de un tiempo en prisión, ella es periodista de radio pendiente de su amado, parece navegar en el limbo. La fotografía cambia como la atmósfera de la relación, tornándose fría, gris, oscura. Todo se complica más aún cuando reaparece el viejo amor de Sara -y amigo de su marido-, quien se encuentra perdida entre dos pasiones, dos atracciones que se apoderan de su voluntad, de sus emociones. Juliette Binoche luce maravillosa en el rol de esa mujer a merced de la marea de sus pasiones, dominada por esos varones centrados en sí mismos, sumida en sus propias contradicciones. Su pareja (Vincent Lindon) no logra encontrar su lugar -ha perdido la custodia de su hijo, no tiene trabajo, depende de su madre y de Sara- y el tercero del triángulo sólo parece querer controlarlos a todos. Un melodrama total, de amor, erotismo, celos, rabia y dolor, que estalla en discusiones apasionadas, lacerantes.

Mi cinefilia me empujó a ver O movimiento das coisas, el único film realizado por Manuela Serra en Portugal, 1985. Un film radical, contemplativo, sobre la cotidianeidad de un pueblo rural. Un film que parece adelantarse años a una manera de filmar. Con sutileza y poesía, la vida en ese pueblo, sus actividades, rituales y costumbres individuales y colectivas están plasmadas sin comentarios, casi sin diálogo, con una fotografía en la que la niebla, la atmósfera brumosa le confiere un aura misteriosa, casi mágica. Las prácticas habituales: las comidas, los trabajos, las fiestas, las ceremonias religiosas y hasta las fúnebres presentan una realidad que se está yendo, el fin de una era, como lo sugiere el plano final de una fábrica. Las mujeres ocupan el lugar predominantes, son las que confieren ritmo, tensión y dirección a todas las acciones, desde la preparación del café matutino hasta la cosecha del maíz. Lamentablemente, Marcela Serra se despidió del cine después de esta obra singular.

Y para seguir con lo contemplativo, la obra de James Benning, The United States of America. Maestro del plano fijo, esta vez las tomas de Benning ilustran los cincuenta y dos estados de su país, desde un espacio en Alabama hasta otro en Wyoming, de unos 2 minutos cada una. Todas forman un mosaico en el que hay todo tipo de paisajes: campo, mar, río, montaña, ciudad, industrias, en una sucesión de fotografías que exponen contrastes, alguna metáfora o símbolo algo abstractos. Miseria y riqueza, velocidad y quietud, sol y nieve, con ellos Benning pasa revista a las contradicciones de su tierra. No faltan algunas de sus obsesiones, como las nubes, el tren, los pastos, pero innova con la inclusión de algunos textos que aluden a las libertades perdidas de América, en este su film más comprometido.
Otro film exclusivo para cinéfilos: Ebrahim Golestan es un director iraní poco conocido en Argentina, que a sus 99 años vive en Inglaterra. La documentalista Mitra Farahani tuvo la feliz idea de reunirlo en un vínculo epistolar con Jean-Luc Godard en su film À vendredi, Robinson, y ambos intercambian mails todos los viernes: uno en su mansión de Sussex, el otro en su modesta casa en Rolle, Suiza. Dos cineastas ocupados con la imagen y el lenguaje, cuyas ideas cruzan a uno y otro lado hablando de esos temas, del arte y el lugar del artista contemporáneo. Golestan verborrágico, Godard críptico. A pesar de que la película se prolonga un poco, vale la pena verlo a Godard en su intimidad, a sus 90 años, subiendo una escalera, fumando su cigarro o bebiendo un vaso de vino (muy aguado).

Los trabajos de Ruth Beckermann siempre despiertan interés, por su aproximación documental a distintos aspectos de la realidad austríaca y mundial. En el caso de Mutzenbacher, disecciona la novela erótica Josefine Mutzenbacher. La historia de la vida de una prostituta vienesa, texto polémico prohibido de principios del siglo XX cuyo autor continúa siendo dudoso. El film sigue la línea conceptual que ya había trazado en Los soñados. Su abordaje parece sencillo y sin embargo es complejo: cita a un casting de varones desde 16 hasta 99 años, sin experiencia necesaria, para leer fragmentos del libro, sentados en un sofá salido de un burdel de época.
Esa lectura de memorias de una mujer que tuvo sexo tres veces por día durante treinta años despierta diferentes reacciones en los lectores, porque aborda en frecuentes ocasiones sus experiencias siendo una niña que disfruta (con su padre, hermano, amigos) y utiliza un lenguaje pornográfico despojado de todo eufemismo. Beckermann da un paso más, al indagar desde un fuera de campo en las experiencias propias de los lectores, su iniciación al sexo, su rechazo al lenguaje procaz, entre miembros de una sociedad puritana y patriarcal. Y acierta en cada caso al entregar a cada uno un texto que en cierta manera le corresponde. Consigue así distintas concepciones masculinas sobre la sexualidad, el erotismo y la pornografía, y abre el debate sobre las distintas maneras de vivir la sexualidad a través de los últimos años.
Hola Jose que informe impresionante!!!!!! Gracias
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