La gesta heroica
Dramaturgia y dirección: Ricardo Bartis
Teatro Nacional Cervantes
Josefina Sartora

Ver la obra ubicados en el escenario recuerda la experiencia de aquella legendaria visita de Eugenio Barba en los ‘80, cuando montó puestas inolvidables. En este caso, no se trata de teatro experimental sino de un melodrama costumbrista, y la escena quiere parecerse al espacio más reducido del teatro off, y en particular al ex Sportivo Teatral.
Porque Ricardo Bartis ha vuelto. Después de vender su icónico teatro de la calle Thames, y tras varios años en silencio, pone una obra de su autoría y dirección en el Teatro Cervantes, que desde la gestión de Alejandro Tantanian no teme convocar a los más destacados dramaturgos contemporáneos. Se quebró así una tradición de teatro argentino clásico, y hemos visto obras notables de Daniel Veronese, Gonzalo Demaría, Romina Paula, las hermanas Marull, Federico León, Laura Paredes, Lisandro Rodríguez y la lista sigue.
El ambiente es el de una casa en decadencia, con resabios de un parque de diversiones que el jefe de familia poseía en el lote vecino, llamado pomposamente La gesta heroica. Justamente, quiere repartir ese terreno entre sus tres hijos, una sesión en vida, que hará cuando uno de ellos llegue de Buenos Aires. El padre es un viejo tirano, quien pese a limitaciones de la edad, de una u otra manera se las ingenia para tener controlados a los hijos que aún viven con él. En un apropiamiento explícito de Rey Lear (el protagonista no cesa de citarlo y verlo en la pantalla) el aparente gesto generoso es otra artimaña de control. El encuentro desencadenará una serie de rencillas pater-filiales, donde abunda el rencor, las frustraciones personales, la droga, el incesto, el cinismo y una violencia apenas contenida.

Bartis explora con sabiduría el tema arquetípico del patrimonio y herencia, con las contradicciones que genera la división de los bienes familiares. Pero el logro mayor es la interpretación de todo el elenco: Luis Machín demuestra el gran actor que ha llegado a ser, y sus compañeros (Marina Carrasco, Facundo Cardosi y Martín Mir) despliegan un repertorio de gestos, expresiones y hasta tics que los presentan como tres seres individuales, con sus distintas personalidades, obsesiones, deseos y fracasos. El espectáculo se complementa en el foyer con una exposición de elementos que podrían haber poblado aquel parque de diversiones, en un gesto muy actual de combinación entre realidad y ficción, donde incluso hay una bola de cristal para adivinar un futuro improbable.