Einstein on the Beach
Creación de Philip Glass y Bob Wilson
Director de escena: Martín Bauer
Director musical: Léo Warynski
Teatro Colón
Josefina Sartora

Para el teatro Colón, fue como el estallido de una bomba. Una ópera (?) que no es tal, sin hilo narrativo ni argumento, sin cantantes solistas, con un coro que opera como orquesta, y que además dura tres horas y media sin intervalo (cuando en su versión original duraría cinco), y para colmo, con un texto sin pies ni cabeza, incoherente, repetitivo. Al entrar, se advertía a los espectadores sobre su duración y se invitaba a salir y entrar con libertad. (Invitación que muchos llevaron a la práctica.) Y con todo, un espectáculo extraordinario.
El músico minimalista Philip Glass y el dramaturgo experimental Bob Wilson se unieron en con la idea de hacer juntos una ópera experimental, y así surgió Einstein on the Beach, estrenada en 1976. Podría haber sido Chaplin o Hitler, el nombre es sólo un pretexto, el físico no es personaje, aunque hay alguna referencias a sus descubrimientos y a la bomba.

Hoy el Colón ofrece esta ópera abstracta en una versión dirigida por Martín Bauer, bastante fiel al original, aunque no copia la puesta de Wilson ni la coreografía de Lucinda Childs. Dos de las más grandes actrices de la escena en este momento, Analía Couceyro y Maricel Álvarez, recitan un texto en inglés junto al venezolano Iván García, un texto que repite una y otra vez frases que no siguen ninguna lógica, mientras en el foso, un conjunto de cuatro vientos, un violín eléctrico y sintetizador -todo amplificado- reitera frases musicales una y otra vez, junto a un coro que repite por ejemplo four-five-six-seven-eight o do-re-mi-fa-sol en continuidad. La música minimalista reduce sus elementos a lo esencial. Aunque parezca siempre la misma frase, que sigue un mismo patrón, sufre sutiles transformaciones de altura, de ritmo, de tono e intensidad. Hay que afinar el oído. Mientras esto ocurre, el escenario se va poblando y despoblando de estructuras metálicas, soportes, luminarias, rieles, una maqueta de Nueva York, y en la pantalla del fondo se proyectan imágenes varias, mientras Alejo Moguillansky filma el espectáculo. Se suceden diversos momentos musicales, los recitantes y bailarines con coreografías de Carlos Casella. Y siempre la música de Glass, que suena como los ángeles. No es fácil dirigir música minimalista, estructurada en base a repeticiones: Léo Warynski lo logra magistralmente, ayudado a veces con el conteo de su mano, para llevar registro de las repeticiones.

Uno de los momentos de mayor lirismo está a cargo de la soprano, la excelente Carla Filipcic-Holm, quien canta una vocal en mil y una variaciones, con una ductilidad y amplitud de registro maravillosa. El final, anticlimático.

Con la inteligente e impecable dirección de Martín Bauer, el teatro Colón ha marcado un hito en su trayectoria de música contemporánea. Es una lástima que semejante esfuerzo de producción se ofrezca en sólo dos funciones.