Sucesión

Sucesión, un fresco del sistema

Creador: Jesse Armstrong

HBO

Josefina Sartora

Sucesión  (Succession) es hoy la serie más exitosa tal vez porque ha sido, a lo largo de sus cuatro temporadas, el más crudo retrato de la sociedad capitalista yanqui en sus más altas esferas que haya dado la televisión desde Dinastía. Una serie compleja, creada por Jesse Armstrong, que ha ganado casi todos los premios a los que podía acceder. Tiene su eje en una familia de multimillonarios de Nueva York, una de las 40 familias más importantes de Estados Unidos. Su fundador, Logan Roy (Brian Cox), es un déspota que, llegado como inmigrante desde Escocia, construyó un imperio de comunicaciones, emprendimientos inmobiliarios, turismo, espectáculos, y posee una fortuna de miles de millones de dólares. Sus tres hijos lo secundan, cada uno desde su única personalidad: Kendall (Jeremy Strong), sigue el modelo paterno: agresivo, emprendedor, ávido de poder y dinero; el menor, Roman (Kieran Culkin), es el personaje más ambiguo, un fascista que parece tomarse la vida en joda, pero que a la hora de la verdad, muestra su lado más sensible y débil; la hija Shiv (Sarah Snook) también sigue los pasos de su padre, pero menoscabada por su condición femenina, tiene un conflictivo matrimonio con Tom (el inglés Matthew Macfadyen), que deviene mano derecha del líder, aunque éste se enemiste con sus tres hijos. A todos ellos Roy padre los ha formado en la ambición, que respeta pocos límites morales. Un rol secundario juega la madre (Harriet Walter), una noble inglesa que ha elegido alejarse de esa familia tóxica, aunque se haga presente en los momentos álgidos. Es notable la galería de secundarios: un cuarto hijo, el mayor, (Alan Ruck) que nunca alcanza un rol relevante en la empresa familiar, pero aspira a ser elegido presidente de los Estados Unidos; un primo algo estúpido (Nicholas Braun) pero útil como perro faldero, y una galería de colaboradores.

A lo largo de los tres primeras temporadas vimos cómo se manejan esos personajes y sus adláteres -socios, directores, accionistas, periodistas, secretarias, la esposa (la palestina Hiam Abbass) y las amantes de Logan, la familia de Ken, la más inteligente colaboradora Gerry (J. Smith-Cameron), y otros- en las diversas vicisitudes de la peripecia. Enemistades mortales, rivalidades extremas, rencillas entre padre e hijos, entre estos últimos, reconciliaciones, se  suceden en un tablero donde cada movimiento, cada giro -y hay muchos- recoloca las piezas.

El tema de la sucesión, o continuidad en la empresa una vez que el líder no esté (comienza cuando tiene algunos problemas de salud, y no ha nombrado un sucesor) es una de las líneas argumentales, que con pausas y continuidades, atraviesa las cuatro temporadas, con los juegos parentales que se ejercen sobre patrimonio y herencia. ¿Quién ocupará su lugar? ¿A quién cederá la corona? ¿La cederá? El viejo juega con sus subordinados como con marionetas, prometiendo, engañando, satisfaciendo y frustrando a todos y cada uno de ellos, en un juego shakespeareano de estrategias de poder, de mentiras y manipulaciones mutuas. Ninguno de los hijos, con todas sus jugadas, es capaz de crear su propio mundo, atado a los vaivenes del padre con sus empresas. Sobrevuela en Succession la sombra del Rey Lear, con ese padre manipulador que nunca va a retirarse del juego, del mundo del poder, que nunca señala a un elegido.

Jeremy Strong cumple una intensa y dramática performance como Ken -que le valió un Emmy y un Golden Globe-: ambicioso, solitario, puede traicionar a su padre pero es solidario con sus hermanos. Strong estuvo en Detroit, El juicio de los 7, Armageddon Time, pero parece nacido para el rol de Ken, que juega con una profundidad dramática constante. Quiere ser el sucesor de su padre y toda su vida apunta a ello, no importan los obstáculos que puedan presentarse. El los va superando. Todo lo demás es secundario, prescindible, o superfluo. Ex adicto, su vida es una lucha que no cesa entre separarse de su padre, diferenciarse de él -y también de sus hermanos-, o seguir bajo su égida, hasta hacerse de la corona.

Ese no es el objetivo del hijo menor Roman, sino el de lograr la aceptación paterna. Por ella no duda en traicionar a sus hermanos, porque si algo no tiene son principios. Cínico, asexuado o impotente y homofóbico, juega con todos como lo hace su padre.

El personaje más ambivalente, ubicuo, más intrigante es el de Shiv, la hermana que se ha movido en ambientes políticos antes de colaborar con su padre. A veces apoyándolo, otras enfrentándolo, Shiv trata de hacerse un lugar en ese mundo misógino, despiadadamente capitalista. Duda a quien darle su voto, que es determinante. Tiene a su lado a Tom, pero ese matrimonio también tóxico naufraga una y otra vez, hasta que la reconciliación parece impensable. Pero Succession es una serie de giros, de sorpresas, donde nada continúa siendo lo que era. La australiana Sarah Snook es tal vez la intérprete más destacada del elenco, supera incluso a Strong, con su amplio registro de gestos, expresiones y cambios de humor sorprendentes. Una mirada suya expresa toda la corriente de emociones que se produce en colectivo en cada momento. Snook -quien incluyó su propio embarazo en la trama, y que no la ayudará en ese mundo machista- también lleva a Shiv a jugarse hasta las últimas consecuencias, asumiendo su lugar de lady Macbeth.

Succession construye todo un fresco sobre el sistema capitalista internacional, desnuda de manera incisiva sus manejos, trapisondas furtivas, lealtades y traiciones mutuas, entre corporaciones internacionales e incluso entre hermanos e hijos. Todos llevados por la ambición, tanto el magnate, remiso a dejar su trono, deseoso de tener más y más, como sus hijos y soldados. Tengamos en cuenta que la última movida del tirano, antes de morir, es despedir a quien fuera su más devota colaboradora, la sagaz Gerry, quien le ha hecho ganar fortunas, y zafar de los problemas más graves. Logan ha tomado con ella sus decisiones más brillantes, pero en un movimiento caprichoso, decide prescindir de ella.

La producción es deslumbrante: caravanas de autos blindados con sus ventanillas oscuras, ejército de choferes y guardaespaldas, helicópteros, aviones, pent houses, fiestas con ríos de champán, la mansión del patriarca, todo exuda riqueza y lujo. Por ejemplo, los hermanos deciden ir de cacería a un castillo en Hungría con su propio avión por un fin de semana, o van a una boda en Londres en otro castillo, en sus aviones.

Las tres primeras temporadas, con toda su riqueza temática, parecen ser la obertura para la cuarta, la determinante y mejor de todas, cuando la situación cobra su climax después de la muerte del CEO y llega la hora de la verdad. El personaje de Tom, que ha traicionado a su mujer para acercarse a su suegro, va cobrando relevancia mientras los hermanos discuten sus decisiones, sin lograr un acuerdo. El último capítulo, de larga duración, es extraordinario, porque tensa la cuerda hasta extremos insospechados. Los trapos sucios se lavan en casa, como en cualquier familia.

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