Viennale 2023. 2ª nota
Josefina Sartora
Eureka. Lisandro Alonso, Francia-Alemania-Portugal-México-Argentina/2023

En Eureka, Lisandro Alonso no deja de asombrarnos. En una película de casi 3 horas, recorre las realidades de pueblos originarios de América. Comienza con los Estados Unidos, y obviamente adopta el Far West, y en blanco y negro, donde un indígena canta al universo. Irrumpe la historia con el manido tema del recién llegado que trae problemas al pueblo. Un pueblo degradado, lo más oscuro de la tradición del western. Viggo Mortensen ejecuta todos los gestos esperables de ese personaje, quien dispara contra todo obstáculo, pero todo suena a parodia provocativa.
Deja la historia en medias res y en una notable transición pasamos a la actualidad en una reserva sioux de Sur Dakota, descarnada versión del patio trasero americano. Otra época, otros lugares, pero la misma escoria, el mismo detritus, una historia policial con dramas de ciudadanos de segunda clase, que constituye en núcleo central del film. Que tienen sus urgencias sociales, sus creencias ancestrales y sus medios de evolución, que incluyen las mutaciones. A Alonso no le interesa cerrar sus historias en este políptico, que abre sin cesar; la historia no es aquí lo importante, sino sus trascendencia.
En este deambular por las realidades americanas con su realismo mágico, en una disociación que pasa de ciertos tiempos y espacios a otros diferentes, un personaje, mutado, nos lleva a un drama de rivalidades y la búsqueda del oro en la selva (¿mexicana? ¿de Centro América?), con otro grupo étnico originario, otra cultura, y otra explotación. Especifica: Brasil, 1974, otra etnia castigada. La estética de cada una de las estaciones es diferente, incluso la paleta cromática se transfigura; del blanco y negro modula a los colores vibrantes y el claroscuro, y al final, a los ocres y verdes de la selva. En cada cuadro, en cada estación, los símbolos: los personajes y objetos que sugieren más que lo que aparentemente muestran. En todas, la opresión, la situación extrema de la cual la única salida posible es la magia, o el paso a la espiritualidad. Allí está la hermosa última escena para demostrarlo.
Una se pregunta qué llevó a Alonso a filmar este tríptico -que casi son 4-, tan alejado de su cine anterior y que al mismo tiempo no deja de reiterar sus temas, su ritmo de filmación, sus largos planos, sus tiempos muertos. Es una película intrigante, como si Alonso estuviera indagando en mundos alternativos, y requiere la atenta participación del espectador. Distintos formatos, distintas estéticas para cada sección, y el mismo afán investigativo.
Rapito (Secuestrado). Marco Bellocchio, Italia-Francia-Alemania/2023

Lo último de Marco Bellocchio es una diatriba histórica contra el poder político que los Estados Vaticanos siempre han tenido en Italia. Hasta 1870, sus decisiones no admitían replica, y las fuerzas armadas respondían a su poder. Rapito se vale de una historia particular real -la de Edgardo Mortara-, para mostrar ese estado de cosas. El villano del film, el papa Pío IX, dice en un momento “yo no tengo que responder ante nadie”. Paolo Pierobon luce la máscara del poder omnímodo del que gozan los papas, sabiéndose impunes.
En 1858 las tropas militares secuestran un niño judío de 6 años del seno de una familia burguesa de Bologna aduciendo que ha sido bautizado en secreto. Eso lo convierte en cristiano para siempre y la iglesia se atribuye el poder de formarlo para el sacerdocio. El papa disimula su acción antisemita con la frase “se puede perder todo, menos un alma”. El film sigue durante más de 2 horas la evolución del chico en Roma, quien absorbido y moldeado por el sistema eclesiástico fácilmente hace propia la nueva religión. Mientras tanto evoluciona el proceso de la unificación italiana y la consecuente pérdida del poder papal en 1870. Incluso cuando el poder civil va tomando fuerza y la justicia canónica es reemplazada por la civil, todos los intentos paternos por recuperar a su hijo terminan en fracaso. Es muy interesante cómo se presentan ambos mundos en paralelo, el judío y el católico, mientras el muchacho vive una transición irrefrenable. La escena final, cuando regresa al hogar, está cargada de significación y pone en evidencia los resultados del psicológicamente violento proceso de extrañamiento. Enea Sala y Leonardo Maltese interpretan a Edgardo en distintos momentos de su vida.
En momentos en que se pone en evidencia los abusos de la iglesia católica, a sus 83 años Bellocchio presenta -a través de un caso especial de abuso infantil- una vez más un cuadro de situación que refiere a la identidad cívico-religiosa italiana, con criterios que aún hoy son difícil de erradicar en Italia. El conflicto no es sólo religioso, sino político. Lo realiza en un estilo operístico clásico, melodramático, donde no falta una notable escena onírica, y con la fotografía de Francesco Di Giacomo tan oscura como la historia.