Viennale 2023. 4ª nota

Josefina Sartora

* Con una programación muy variada, para todos los públicos, la Viennale presentó 2 highlights del último cine yanqui: Priscilla de Sofía Coppola y Coup de chance de Woody Allen, ambos típicos productos de sus autores. Priscilla suena como una respuesta femenina al Elvis de Baz Luhrmann. Basada en la autobiografía de la mujer de Elvis Presley, asume su punto de vista y se identifica con ella para desmitificar al ídolo una vez más. Elvis (Jacob Elordi) aparece como un hombre posesivo, egocéntrico, perdido en sus obsesiones y muy probablemente impotente.
Priscilla es una historia de amor y desengaños, la ilusión juvenil que transmuta en abandono y oscura soledad. Cailee Spaeny tiene una buena performance de esa chica ingenua que madura junto al cantante, y está presente en casi cada plano. Ganó el Premio a Mejor Actriz en el último Festival de Venecia. La producción artística y recreación de época con sus colores pastel, su vestuario y peinados imposibles es impecable como siempre en Coppola, quien continúa su tarea de derribar mitos, como en María Antonieta. La figura del cantante y su entorno adictivo dejan a una Priscilla expulsada, extraña a ese mundo.

Priscilla es una película de espera, con sus clásicos tiempos muertos: la de la mujer atrapada en su soledad que aguarda las decisiones de su hombre, que nunca han de llegar.


* Woody es otro que vuelve sobre sus obsesiones, con la salvedad de que esta vez filma en Francia, con actores franceses y en francés. Coup de chance (Golpe de suerte) aborda el tema de la infidelidad en un matrimonio de la rica burguesía parisina. Melvil Poupaud es un millonario cuyos fondos tienen un origen brumoso, y una esposa perfecta. Hasta que ella (Lou de Laâge) reencuentra un amigo de juventud, bohemio, con quien vive un romance encantador. Un triángulo, un elemento que sobra y allí está el crimen. En su opis Nº 50, Woody Allen parece filmar con total soltura y facilidad, las escenas son brillantes y glamorosas, la fotografía de Vittorio Storaro, luminosa. Aunque parezca ya visto (Match Point, Scoop), Woody siempre sorprende con su humor (negro) y resoluciones sorprendentes.

* De carácter muy diferente, en todo sentido, es Mademoiselle Kenopsia, del canadiense Denis Côté, una de las películas más libres y originales del Festival. Al principio, parece una película de James Benning: largos planos fijos de espacios cerrados, inhabitados, aparentemente abandonados de manera abrupta. Pero no, hay allí una mujer (Larissa Corriveau) que se ocupa de vigilarlos, cuidar esos espacios, que van mutando hasta no parecer pertenecer a un solo y mismo edificio. Ella no puede salir al exterior (¿evoca acaso el confinamiento de la pandemia?), recorre los cuartos y habla por teléfono. El tema del tiempo ocupa todo su interés: “Estoy matando el tiempo y el tiempo me mata a mí”, dice, o “Soy el tiempo entre el relámpago y el trueno”. “Me interesan los fósiles, las ruinas, las estrellas, porque están fuera del tiempo.”

Este film minimalista, casi experimental, constituye una reflexión sobre el espacio y el tiempo, la vida, la muerte y la soledad. La palabra del título, kenopsia, refiere a la inquietante sensación que se tiene en los lugares vacíos o abandonados, y por extensión, a un sentimiento de melancolía.

No hay diálogos en el film, sólo los monólogos de la Guardiana, e incluso cuando aparece un segundo personaje, ésta también se expresa en un largo monólogo, acentuando la idea de incomunicación, desconexión y aislamiento. Que se confirma en el (des)encuentro con otros dos personajes. Una película abstracta, diferente, totalmente libre, abierta a distintas aproximaciones.

* Nuri Bilge Ceylan vuelve una vez más en About Dry Grasses (Kuru otlar üstüne) sobre la realidad de los hombres de la Turquía profunda, tema que siempre le sirve como reflexión acerca de toda la humanidad. Su protagonista es aquí Samet, un maestro de escuela (Deniz Celiloglu) en un pueblo remoto de Anatolia, que espera el (improbable) traslado a Estambul, y mientras tanto lleva una vida casi recluida en compañía de un colega. Un día, caen acusaciones sobre ellos de conductas impropias con sus alumnos. Estalla la amargura, la paranoia y la misantropía en Samet. Y se impone una reflexión sobre la compleja relación maestro-alumno en una sociedad patriarcal, con toda sus peligrosa ambigüedad, y una crítica al sistema educativo.

Hay dos detalles que se apartan de la historia: las fotografías de los campesinos de la región, elocuentes en sí mismas, y el momento en que se pone en evidencia el dispositivo cinematográfico: Samet atraviesa una puerta que lo lleva al set de rodaje, con todos los elementos del estudio ante la cámara.

Ceylan filma como le es habitual los paisajes nevados de esa región con una delicadeza extrema, así como las largas conversaciones entre los colegas, que se muestran en todas sus contradicciones. Los pastos secos son insignificantes, dice la voz en off, igual que su vida. No hay soluciones ni salidas en la historia, solo un dejar vivir, acompañado del aria Addio del passato de Verdi.

Estas notas no pretenden agotar lo visto en la Viennale. Quedan la elaboradísima película de animación The Boy and the Heron de Hayao Miyazaki, Monster, lo último de Hirozaku Koreeda, Evil Does not Exist, de Ryusuke Hamaguchi, y los documentales Retratos fantasmas, sobre recuerdos de Kleber Mendonça Filho, y el notable Sur l’Adamant de Nicolas Philibert, sobre un hogar de día para pacientes psiquiátricos que flota sobre el Sena.

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