Bafici 2024. 2ª nota

Josefina Sartora

En una semana en que cada día trae alguna nueva triste noticia sobre los ataques a la cultura y al cine nacional, el Bafici siguió su marcha, sin comentarios. La presión de realizadores y periodistas hizo que el Director convocara a algunos encuentros para hablar sobre la actual situación crítica, sin que se produjera ningún comunicado oficial al respecto. El anunciado cierre del INCAA, las limitaciones impuestas al cine Gaumont -que funcionaría sólo para las proyecciones del Bafici- son los más recientes resultados de la motosierra tronchando la cultura. Pero el pueblo resiste la motosierra, y salimos a la calle de manera multitudinaria en todo el país. Aunque sabemos que muchos votaron esta política de suicidio cultural y económico, algunos parecen estar revisando sus decisiones pasadas. Frente a la fuerza de esa manifestación, incluso el Gobierno revisa sus políticas.

Estas fotos previas a la marcha del 23 de abril evidencian el estado de demencia que viven las autoridades. ¿Qué temía la señora Bullrich? ¿Que quemáramos el cine Gaumont?

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En medio de la nerviosidad y angustia por los momentos que está atravesando el cine en Argentina, y la comunidad cinematográfica, seguimos viendo películas, a un ritmo mucho más cansino que años anteriores. No fuimos los únicos desmotivados: las salas están ocupadas en menos de un 50 %. La gran película argentina que hemos visto ha sido El cambio de guardia, de Martín Farina, a la que ya me he referido largamente en Haciendo Cine. Un grupo de ex compañeros del servicio militar se reúne todos los años frente al Obelisco el 22 de mayo, para presenciar el cambio de guardia del Regimiento de Patricios, arma en las que ellos mismo sirvieron. Perdura entre ellos una fuerte amistad, después de 40 años, y en los encuentros que sostienen alrededor de asados y vinos se entabla la discusión sobre la Argentina que quieren. La grieta está allí presente y el film habla del estado actual del país de una manera contundente, seria y empática. Como todo lo que hace Farina.

La pasión según G.H., segundo film del brasileño Luis Fernando Carvalho, está basado en la obra de Clarice Lispector, que parecería imposible de pasar a la pantalla porque se trata del fluir de la conciencia de su protagonista, una escultora de la alta burguesía carioca. Sin embargo, Carvalho se animó, con el resultado de una película singularísima. Filmada en formato chico, cuadrado, la protagonista (excelente Maria Fernanda Cândido, en una performance muy exigida) está casi todo el tiempo en pantalla, en primeros y primerísimos planos, haciendo su monólogo que habla de un mundo interior, del infierno de las pasiones intensas, excesos, amor consumido, soledad y muerte. De dudas, contradicciones. No faltan las alusiones a las dictaduras militares, ni a los conflictos de raza y clase social. Un film sin concesiones, en el que esos planos de la mujer alternan con primerísimos de una cucaracha que encuentra en el cuarto de la criada, gruesa alegoría. Con la cual ella se identifica, en cierto modo. Me resultaron tan bellos los planos del bicho como ella, vestida con un guardarropa lujoso. De alguna manera, su referencia kafkiana y sus alusiones a la locura hablan también de una burguesía demente. La música tampoco es convencional, desde mucho Penderecki, Gorecki, Ligeti, hasta las concesiones finales de Mahler y Aguas de marzo, incomprensibles en este film experimental. Verla no fue una experiencia fácil, y gran parte del público no la toleró. Llama la atención que integre la Competencia Internacional, cuando sería propia de la sección Vanguardia y Género.

Lo último de Ruth Beckermann, Favoriten, es un documental donde la directora austríaca continúa indagando sobre la actualidad. En la escuela pública más grande de Viena, en el distrito Favoriten, sigue la evolución de una clase durante 3 años. Una clase cuyos alumnos son de variados orígenes, de familias no germanoparlantes provenientes de Turquía y los Balcanes, que estudian con una misma maestra, también de origen turco. Ella da prioridad al aprendizaje de la lengua, que los niños no hablan en casa, y con un sistema didáctico muy libre logra excelentes resultados.

El film remite de manera inevitable a La clase, film de Laurent Cantet que también habla sobre la integración de los extracomunitarios en la escuela, aunque en este caso son más pequeños. La maestra tiene un talento para guiar a los chicos en su desarrollo, cuestionar sutilmente ideas sexistas que traen del hogar, el lugar de la mujer, convenciones que establece la ley islámica pero no los ayudarán a integrarse a la sociedad austríaca. Incluso visitan una mezquita, donde los niños se hallan como en casa, y la catedral de San Esteban, que se les revela como un mundo desconocido, pues no hay allí ningún niño católico. Beckermann es una documentalista rigurosa, y no nos presenta este mundo blandamente, porque la realidad no lo es, pero rescata la educación por el amor, que podrá ayudarlos en el futuro.

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