Ripley

Ripley

Josefina Sartora

Ripley es una serie que se destaca de la media de Netflix en su mayoría dedicadas al espectador ansioso/a. Una serie que se toma su tiempo para desarrollarse, atenta al detalle al máximo, con una cuidada escenografía y fotografía. 

Tom Ripley fue la creación consagratoria de Patricia Highsmith en 1955. Un personaje único, que no reunía la virtudes usuales: amoral, cínico, fraudulento, y muy inteligente: sabe ascender desde sus chapuceros fraudes en Nueva York hasta los lujoso hoteles de Italia gracias a una maniobra hoy imposible: la suplantación de otro. Las andanzas de Ripley, sus estafas y logros ocupan varias novelas de Highsmith, y han motivado a varios directores para llevarlas al cine. Las más notorias son el clásico francés A pleno sol (1960) de Réné Clement con Alain Delon en el rol de ese personaje aprovechador y advenedizo, y El talentoso Mr Ripley (1999), de Anthony Minghella, con el protagónico de Matt Damon. 

Pero Steven Zaillian -guionista de La lista de Schindler– ha logrado una adaptación para esta versión en serie que supera aquellas películas. Son ocho capítulos vibrantes que permiten seguir la novela paso a paso, con muy pocas modificaciones. Al principio, Tom Ripley sobrevive en Nueva York con burdas estafas y robos, hasta que es convocado por Mr Greenleaf, un millonario naviero quien lo contrata para que vaya a Italia a convencer a su hijo pródigo de volver a casa. El vínculo entre Ripley y Dickie Greenleaf es frágil, pero este oportunista no deja pasar la ocasión, y con astucia y seducción se instala junto a Dickie, entablando una relación sinuosa que lo llevará al crimen. La acción transcurre en los ’60, y en esa época todavía era posible asumir la identidad de otro, sin identificación facial, Facebook ni Internet. Andrew Scott (All of Us Strangers) practica la suplantación en una admirable actuación. Una máscara impávida, inalterable, de amoral e inescrupuloso usurpador, que apenas se altera ante un inconveniente. Su frialdad está muy distante del Ripley de Damon, más emocional, y más cerca del de Alain Delon. Un ser maquiavélico, inteligente como para engañar incluso a la novia de Dickie (excelente Dakota Fanning), quien tiene sus sospechas sobre este amigo que llega de improviso. En un secundario, aparece John Malkovich, en una suerte de homenaje a otro film de la serie que desarrolló Highsmith, El juego de Ripley (2002), dirigido por Liliana Cavani, que lo tenía de protagonista.

La novela de Highsmith está narrada desde el punto de vista de Tom, poniendo en palabras sus reflexiones, planes y deseos. En la serie y versión de Zaillian, la psicología queda a cargo de la actuación de Scott, siempre en silencio, con una máscara inalterable; uno debe adivinar, intuir sus intenciones, lo cual intensifica una identificación con el personaje y la dosis de suspenso.

Un aspecto propio de la serie, que no figura en la novela ni en las versiones anteriores, es la afición de Tom por la pintura, y su obsesión por Caravaggio. Tom acude a ver sus cuadros en Roma, Nápoles y Palermo, en los que se impone la idea de la muerte y la violencia. Incluso se llega al extremo de recrear la escena del crimen que comete el pintor en 1606. Se establece así un paralelismo con Tom, quien también refina su arte del fraude, la simulación y el asesinato y se deja crecer una barba similar a la de su alter ego. La homosexualidad es otro detalle afín, insinuada en Tom, quien tal vez estaba enamorado de Dickie. La fotografía de Elswit también evoca la pintura del barroco, con sus tonalidades y claroscuros muy marcados.

Ripley está filmada en blanco y negro, lo que acentúa el noir y el aspecto siniestro, con una fotografía maravillosa de Robert Elswit, quien sabe tomar lo mejor de los viejos edificios italianos, de esos interiores decadentes, esa luz mortecina que se proyecta en las paredes descascaradas, en esos palazzi seculares, tan al gusto de un Tom Ripley que va refinándose con el dinero. El tempo, el ritmo es también subyugante, con un manejo de la intriga el logro de un suspenso que sube hasta tenernos en vilo, en todo acentuado por el uso del sonido. Tal vez el preciosismo de la imagen tenga más peso que el estudio de la psicología de Tom, cuyo cinismo y frialdad no permiten una relación íntima. Como sucede en las versiones cinematográficas previas, el final no es fiel al de la novela, y no resulta ganador con el cambio, pero no desmerece la serie.

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