Molly Bloom (Del Ulises de James Joyce)
Intérprete: Cristina Banegas
Dirección: Carmen Baliero
El Excéntrico de la 18

Josefina Sartora
A lo largo de los años, intenté leer el Ulises varias veces. Por fin, este año lo concreté. Un libro tan difícil de sostener, tan elogiado, aunque sus 700 páginas no son todas sublimes. Tras su peripecia por Dublin durante el célebre día del 16 de junio, el protagonista Leopold Bloom regresa de noche a su casa. Su mujer, Molly, está en la cama y Leopold se acuesta junto a ella, los pies en la cabecera. Molly es la gran ausente del Ulises, una Penélope que aguarda a su marido, sin que la obra le haya dado todavía la palabra. El último capítulo de la novela es su revelación, un larguísimo monólogo interior final, escrito en ocho oraciones, sin signos de puntuación, sin atarse a una correcta sintaxis, en un fluir de la conciencia que pasa de un tema a otro sin pausa, sin principio ni fin, o sí, que empieza y termina con un Sí. Una afirmación que se reitera a lo largo del texto, una afirmación de lo individual, de lo femenino independente, liberadora y liberada, algo muy nuevo para 1922 cuando James Joyce lo concibió. Es asombrosa la actitud visionaria del autor, que concibe un personaje tan actual.
En su fluir interior, Molly trae recuerdos de sus pasadas conquistas amorosas, sus infidelidades, sus experiencias y fantasías sexuales, su erotismo en suma, sus recuerdos compartidos con Bloom y otros hombres de su vida, su nativa Gibraltar. ¿Cómo llevar este texto tan complejo al teatro? Cristina Banegas y su directora Carmen Baliero han concebido una versión extraordinaria de esa pieza que poco tiene de teatral en su origen, con traducción de la propia actriz junto a Laura Fryd. Banegas lee, y en cada línea da una clase de teatro. Así como cada capítulo del Ulises está escrito de una diferente manera, con un abordaje único para cada ocasión, en cada frase Banegas modula el texto, la voz, el tono, el significante. Molly se ofrece, alma desnuda, abierta, en ese monólogo. Siempre irreverente, transgresora de la moral burguesa irlandesa, católica y victoriana. Tan libre para pensar como lo es en su vida erótica y sexual. Como cualquier mujer. Leído a gran velocidad, el pensamiento de esta Molly evoca, canta (ella es cantante), llora, en un inacabable repertorio de tonos, de modulaciones, expresiones, de ritmos. Y Banegas lo hace con todo el cuerpo, menuda, descalza, con su rostro, brazos y manos tan expresivas. Así como Joyce llevó el monólogo interior a su máxima expresión, Banegas lo transmite con toda la excelencia actoral.
Dice Banegas: «La estructura del monólogo, las ocho oraciones, sin signos de puntuación, la extraordinaria afirmación que hace Molly, exigen una enunciación en velocidad. Si no es en velocidad, cómo traducir el pensamiento, el fluir de la conciencia a la voz hablada? Y la velocidad implica vértigo, precisión, es como hacer surf en ese río de palabras. Es un viaje vertiginoso. Molly canta, recuerda fragmentos de canciones, se emociona, se ríe, se erotiza, se enoja. Molly es la música de la cabeza de una mujer. Por eso será un concierto, dirigido por Carmen Baliero, una gran música. Una gran amiga. Ella planteó de entrada que la afirmación, los Sí de Molly son fonemas estructurales. Como una sonata, cada una de las ocho oraciones fue dividida en movimientos/unidades y la partitura que vamos construyendo sobre la partitura del texto fue encontrando sus ritmos, cadencias, staccatos, crescendos, pianíssimos. Sí, Molly Bloom será un concierto. Hace 45 años que hago teatro. Celebrarlo haciendo Molly Bloom es, sin duda, la fiesta más difícil.»