Contracampo en Mar del Plata 2024
Josefina Sartora
En más de veinte años, es la primera vez que no me acredito en el Festival de Mar del Plata, ni voy a ninguna de sus proyecciones. Tengo la postura contraria a las políticas culturales de este gobierno, que están ideológicamente en mis antípodas, y sobre todo me opongo al vaciamiento del INCAA y a la destrucción del cine argentino que se quiere llevar a cabo. El Festival de Mar del Plata 2024 pone en acto las posturas oficiales y sobre todo, la negación al diálogo, a la mirada o pensamiento diferentes. Es por eso que aplaudí la propuesta de muchos realizadores que piensan de manera similar, y realizaron una acción positiva marginal y contestataria al mostrar sus últimas películas en simultáneo con el Festival, y en Mar del Plata. Contracampo resultó un fenómeno social y cultural convocante, donde a sala llena de un público mayoritariamente muy joven festejó que el cine estuviera vivo. Porque fue un festejo, con alegría, a pesar de todo. Se demostró que no es cierta la versión oficial, que postula que el único cine que vale y que hay que apoyar es el cine que vende.
Los organizadores eligieron el nombre icónico que evoca una tradición de cine argentino activo y militante. La sala Enrique Carreras resultó chica para tanta convocatoria, las funciones se dieron casi siempre a sala llena, con entradas agotadas. Hubo estrenos internacionales, películas que pasaron por festivales, charlas, y un ciclo de revisión a cargo de Fernando Peña. Hubo cortometrajes y antes de cada largometraje se presentaba un spot, muy breve, de distintos realizadores: Santiago Loza, Benjamín Naishtat Andrés Di Tella, Santiago Mitre entre otros. La muestra no se limitó a las proyecciones: hubo varias charlas cada día de reflexión sobre el cine argentino, las política culturales, el cine que queremos.

Una de las perlas de Contracampo la constituyó una coproducción argentino-chilena, dirigida por José Luis Torres Leiva, a quien considero -junto a Ignacio Agüero- el mejor director chileno. Cuando las nubes esconden la sombra no resulta el mejor título para este bellísimo film que transcurre en el fin del mundo. Puerto Williams en un pueblo en la isla Navarino al sur de Ushuaia, cruzando el Canal de Beagle, de difícil acceso. Allí llega María (María Alché), una actriz que va a participar en el rodaje de un film. Pero amenaza un temporal, el equipo no llega y debe permanecer sola una semana a la espera del resto de la producción. La mujer decide recorrer el lugar, investigar sus espacios y su gente. Que es muy poca: los que habitan la Base Naval, una comunidad de originarios yaganes, unos pocos blancos. María vive la espera en comunión con todos ellos: filma la naturaleza casi intacta, graba sus sonidos, habla con uno y con otro, que llegan a ella en varias ocasiones atravesando algún duelo. Ella misma atraviesa un proceso de curación y purga de dolores emocionales, en el marco del bosque y el mar. Un film que cruza realidad y ficción, intimidad y apertura, con una sensibilidad extraordinaria, de una belleza única. Una docu-ficción cercana a uno anterior de Torres Leiva, que retrataba la isla de Chiloé: El viento sabe que vuelvo a casa.

Martín Rejtman siempre ha hecho un cine absolutamente personal, ajeno a cualquier tendencia o moda, con propuestas en todo originales. En Copacabana había realizado un cuadro de la comunidad boliviana en Buenos Aires, y en su último, El repartidor está en camino, construye un mosaico de los jóvenes venezolanos que durante la pandemia reparten comida en motos y bicicletas. Un grupo humano de resistencia, que vive en la espera, que forma grandes grupos frente a shoppings, heladerías, pizzerías, y que tienen también sus momentos de intimidad, de charla y de música. Con planos generales, sin explicaciones, en una ciudad casi fantasmal, donde los únicos que circulan son ellos. En forma de tríptico, en su segunda parte la cámara se traslada a Caracas -como lo hacía también en Copacabana– para filmar una realidad no muy diferente, con largos travellings que parecen salir en busca del origen de aquellos repartidores. Aunque la tercera parte resulta algo reiterativa, todo el film se aproxima al retrato etnográfico y social.
El niño oscuro constituye el retrato de un joven en el último documental de Martín Farina, siempre curioso de sus personajes, siempre buscando dar vueltas de tuerca a sus historias. Junto a Mercedes Arias, valiéndose de muchas películas familiares, reconstruye la historia de una familia de origen ruso, que pasa por Austria y recala en Argentina después de la guerra. La otra rama de la familia está atravesada por la figura de otro abuelo, un militar que al parecer planeó el golpe y la dictadura de los ’70 en Argentina, aunque sus actividades nunca quedan claras. El joven descendiente quiere purgar estos legados, desprenderse de ese pasado pesado, en una suerte de exorcismo.
Nele Wohlatz es alemana, argentina por opción, y había realizado un muy curioso film sobre los extranjeros en Buenos Aires: El futuro perfecto. Casi en espejo, Dormir con los ojos abiertos, premio Fipresci en Berlin y presentado en Contracampo, es un film sobre los extranjeros en Recife, Brasil, también de la comunidad china, o mejor, taiwanesa. A Wohlatz e interesa el cruce de culturas, el crisol. Se mueve entre gente de distintos orígenes, distintas lenguas se mezclan. La protagonista es una joven china recién llegada que atraviesa un montón de contratiempos en esa bella ciudad, algo inhóspita con ella. Los personajes -casi todos inmigrantes sin trabajo fijo ni legal- aparecen y desaparecen sin explicación (uno de ellos es Nahel Pérez Biscayart), las elipsis abundan. Otro cruce de ficción y documental, fue la película más radical que vi, poco orgánica, fragmentaria, dislocada y errática.
El mié, 27 nov 2024 a las 22:51, Susana Estela (susanaestela@gmail.com) escribió:
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Las películas de Agüero y Torres Leiva deben mucho a Guzmán. A veces se ven en Malba, o festivales. Ya sabemos que no abundan las salas para los documentales …
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