Experimentum Mundi

Experimentum Mundi

Josefina Sartora

Entrar al subsuelo del Colón siempre resulta una experiencia estimulante, llena de expectativas. Allí hemos presenciado diversos espectáculos del Colón Contemporáneo, el Centro de Experimentación del Teatro Colón, donde se ponen en juego las más diversas experimentaciones con la música y el teatro. El solo hecho de penetrar en esas catacumbas apenas iluminadas, caminar entre sombras y claroscuros, nos prepara para lo desconocido, la sorpresa y el asombro.

Esta vez no fue diferente. Experimentum Mundi comienza en el espacio poblado por distintas instalaciones para diferentes oficios: la mesa de la pastelera, el banco del zapatero, el del picapedrero, las herramientas de los albañiles, la argamasa, los ladrillos, el yunque y la forja de los herreros, las bicicletas de los afiladores, la mesa del carpintero, y toda clase de instrumentos de percusión. Luego ingresan todos los trabajadores de esos oficios -técnicos del equipo de trabajo del Teatro Colón, por primera vez en escena- además del percusionista, un coro de cuatro voces femeninas, un narrador y un director.

La obra de Giorgio Battistelli -discípulo de Karlheinz Stockhausen y Mauricio Kagel- rescata y valoriza la música que producen los oficios, y produce una pieza de música concreta. El director Lucas Urdampilleta la organiza como una pieza sinfónica, destacando los ritmos, las melodías que genera la percusión de los objetos, y no faltan los efectos, intensidades, tempi y ritmos musicales: accellerando, crescendo, glissando, pizzicato, solos, dúos, siempre reforzados por la percusión ejecutada magistralmente por Pablo Lo Bianco y el coro que aumenta ciertas disonancias. La obra es también teatro musical. Actos como picar una piedra, afilar una herramienta o cascar un huevo adquieren una dimensión musical inesperada. Acompaña la voz del narrador, que a modo de la enumeración caótica de la poesía moderna va mencionando una a una, las diferentes herramientas y objetos utilizados. En el idioma original, el italiano, como si se tratara de una ópera. Y por supuesto, allí está el movimiento sincronizado de todos los trabajadores. La gestualidad del director merece un párrafo aparte, porque su coreografía es la de un bailarín. O de un mago.

Cuando termina la obra, los zapateros han fabricado dos zapatos, se ha levantado un tramo de pared, también un sector de piso, se ha armado un tonel, se afilaron varias herramientas, se ha preparado un pastel, cada trabajador ha consumado su trabajo. Pocas veces se ha articulado la música con el trabajo manual como en esta ocasión, de manera tan creativa y experimental.

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