Ricardo III

La verdadera historia de Ricardo III

William Shakespeare

Versión libre de Calixto Bieito y Adrià Reixach

Dirección: Calixto Bieito

Teatro General San Martín

Josefina Sartora

El teatro San Martín tiene una larga y clara tradición de poner en escena las obras de Shakespeare, siempre con un mensaje de actualidad. Porque si hace falta demostrar que el Bardo es un clásico, basta leer o ver cualquiera de sus tragedias para comprender o iluminar algo del momento actual. No es azar, ni casualidad, ni distracción, que se ponga en escena una versión de Ricardo III, uno de los personajes más maléficos y perturbadores, más carentes de conciencia o arrepentimiento del universo shakesperiano, hoy que Argentina atraviesa su periodo más falto de empatía, de solidaridad, de amor, digamos, hacia sus ciudadanos, hacia sus semejantes, cuando la educación, la cultura, la salud, la niñez y la vejez caen víctimas de una motosierra.

La saga de Ricardo es emblemática: asesina a todo aquel que se interpone entre él y la corona, sean ellos sus hermanos, sus sobrinos, sus colaboradores fieles, y posee a las mujeres de sus víctimas. Más ambicioso y cruel aun que Macbeth, hace alarde de su astucia y su maldad, y carece de todo sentido moral. Según Ricardo, un crimen lavará otro crimen.

El catalán Calixto Bieito traspone esta historia que Shakespeare escribió en el siglo XVII basado en la verdadera historia de Inglaterra, a nuestros días, y le agrega el dato real del descubrimiento de los restos de Ricardo bajo el pavimento de una playa de estacionamiento en 2012.

La adaptación es inteligente: con la eliminación de algunos detalles del original -diálogos, personajes secundarios, escenas, etc- la obra se desarrolla en esos dos ámbitos, con los actores interpretando dos o más roles. Sin embargo, la peripecia se desarrolla fragmentariamente, lo cual resta organicidad al relato. Por si la obra no fuera ya lo bastante terrible, Beito y su coautor Adrià Reixach conciben una puesta esperpéntica, donde el exceso nunca está limitado. La hybris domina toda la escena, desde los monólogos grandilocuentes hasta los tremendos, sangrientos enfrentamientos entre Ricardo y sus víctimas. Es verdad que el original se presta para la hipérbole, y esta se cumple.

Este exceso no sería posible sin la extraordinaria labor actoral de todo el elenco, todos en interpretaciones extremas y provocadoras. Joaquín Furriel con su belleza no daría a imaginar el Ricardo tullido y jorobado, encarnación del Mal y lo monstruoso, autor de tantos crímenes, si no fuera por la excelente interpretación que hace del horrendo monarca. Pero no está solo: María Figueras también cumple con una burlesca encarnación de Lady Ana, cuyo padre y marido sucumbieron por orden de Ricardo, quien inmediatamente trata de seducirla. La mujer enloquece, y la actriz parece emularla. Marcos Montes e Iván Moschner también tienen excelentes performances como los colaboradores del reino, que habrán de caer también bajo el arma de Ricardo. No menos esperpéntica Belén Blanco es la viuda del extinto rey Eduardo, y deberá entregar su hija al tío asesino. Todas las actuaciones -también Ingrid Pelicori, Luis Ziembrowsky, y otros- son farsescas, bufones que esgrimen una gestualidad exagerada, bailes dislocados, con bonetes y cornetas de fiesta, como si todo lo que transcurre no fuera más que una farsa, en un reino donde nadie osa contradecir al poderoso y arbitrario devenido monarca.

Con todos los actores siempre en el escenario, la confusión se agudiza, y se complica con las escenas paralelas en las que un grupo de forenses examina los restos del tirano, tratando de encontrar hoy alguna explicación física a su enfermedad psíquica. Estas escenas que no tienen ligazón orgánica con el resto de la obra no agregan, al contrario, restan unidad y distraen de la tragedia central.

La escenografía de Barbora Horáková Joly también es excesiva, a veces sin sentido significativo, como el coche que cuelga del cenit, o los micrófonos que obsesivamente abraza Ricardo, que no tienen correlato en la acción, y resulta siempre dislocada.

En el final, cuando todos estamos esperando la fatídica frase Mi reino por un caballo, la acción se desmadra, todos los espectros se presentan infantilizados, y resulta patético ver a semejante elenco de estrellas ridiculizados, vestidos de niños, acosando a Ricardo en su caída.

El arte es elección, y también decisión: la puesta trae toda una propuesta estética, única e innovadora.

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