Godland (Vanskabte land)
Dirección y guion: Hlynur Pálmason
Dinamarca-Islandia-Francia-Suecia/2022
Josefina Sartora

Fin del siglo XIX. En Dinamarca, un obispo comisiona a un cura para que viaje a Islandia, entonces su colonia, a instalar una iglesia en una zona remota. No sabemos por qué, en vez de viajar hasta el destino final en barco, hacen un largo viaje por tierra, por esas tierras volcánicas inhóspitas, heladas, despobladas, sin un árbol, con ríos y montañas nevadas que recuerdan nuestra Patagonia. El cura (Elliott Crosset Hove) es también fotógrafo, y desea registrar a la gente que allí habita. Nada preparado para la odisea de ese viaje, confronta con el guía de su expedición (Ingvar Sigurdsson), un carácter totalmente opuesto: si el cura es flojo, quejoso pero soberbio, el guía es íntegro y sabio, y sabe moverse en la región. La eterna dupla cultura-naturaleza.
Por momentos, en la primera parte, la del viaje, pareciera que la cámara queda librada a sí misma, que los viajeros erran sin norte, movidos por la intuición, o la inercia, y la cámara los sigue en largos travellings, en la misma medida. La película es un bellísimo ejemplo de la representación de la naturaleza extrema en el cine, captada con unas extraordinarias panorámicas sobrecogedoras. En otros planos, la fotografía, el formato cuadrado, parecen evocar o imitar aquellas imágenes tomadas con la cámara primitiva del cura. Entre ambas partes de la película, un interludio impactante muestra la erupción de un volcán, la lava volcánica desparramándose por la isla, ¿alusión a una explosiva emocionalidad?

Como fotógrafo, el cura intenta registrar a los habitantes de manera compulsiva. Al comienzo del film, se ha dicho que este se concibió a partir de fotografías halladas que tal vez fueran las primeras registradas en el país. Un pretexto, ilustrativo, ficticio.
Como todo viaje, este es también del espíritu. En la segunda parte, cuando llega a su remoto destino, se revela la miseria de este personaje que pretendía colonizar a quienes eran superiores a él. Como en todo colonialismo. La grandeza y magnificencia de la naturaleza en la primera parte hace crisis en la pequeñez del espíritu humano de la segunda.
Hylnur Pálmason exhibe en Godland aspectos que ya había trabajado en Un blanco, blanco día: la naturaleza inapelable, protagonistas masculinos hoscos, con escaso control de sus pasiones, las femeninas apenas esbozadas, con un halo de pureza, escasos diálogos entre personajes algo antisociales, y serie planos fijos que señalan el paso del tiempo. También vuelven sus actores: Ingvar Sigurdsson, de tremenda presencia, estaba en Un blanco, blanco día, junto a la niña Ída Mekkín Hlynsdóttir, extraordinaria.

La película se estrena con su título internacional, que significa Tierra de Dios. Sin embargo, su título original en islandés tiene otro significado muy distinto: Tierra deformada, o también, desgraciada.
En momentos de absoluta crisis social y cultural, es bienvenido el esfuerzo de distribuidores que siguen sosteniendo un cine no hegemónico, un cine de arte que no requiere pochoclo. Bienvenida Godland, aun con ese título irónico.