Una batalla tras otra (One Battle After Another)
Dirección: Paul Thomas Anderson
Guion: Paul Thomas Anderson y Thomas Pynchon
Estados Unidos/2025
Josefina Sartora

Los protagonistas lo son de una época en que los métodos guerrilleros sirvieron en toda América para combatir las injusticias sociales. No les fue bien. La líder del movimiento debe retirarse dejando a su pareja con una niña, que tras una elipsis se ha convertido en una inteligente adolescente (Chase Infinity). Ese era sólo el preludio. Dieciséis años después, su padre ha cambiado las armas por una vida hippie trasnochada de drogas y alcohol que alimentan su paranoia, y como dice bien, tiene la cabeza quemada. Cuando debe ponerse en contacto con sus ex compañeros para salvarse de nuevas persecuciones -que nunca cesan- no recuerda ninguna de las contraseñas salvadoras. Leonardo DiCaprio es el bufón del drama, encabeza un elenco brillante, donde cada uno da lo mejor de sí: Teyana Taylor es la aguerrida terrorista que supo someter al duro militar yanqui, quien se enamoró de ella, nunca habrá de perdonarle su humillación y vive su obsesión al límite. Ella lleva el sugestivo nombre de Perfidia, con bolero incluido. Y él es Sean Penn, en el rol de su carrera: un esbirro lleno de tics de caricatura cuya ambición es pertenecer a la élite de poderosos e influyentes supremacistas blancos que en un club cerrado sostienen sus ideas fascistas con conductas criminales. En lo personal, no duda en cometer toda clase de abusos, protegido por su condición militar. Penn, como siempre, comprometido con las causas justas.

El film irrumpe en escena para apuntarse a todos los premios. Benicio del Toro es un maestro de artes orientales que protege un centro de refugiados mexicanos -el drama continúa, aun hoy-, demuestra que la batalla de ayer se ha transformado en la resistencia de hoy, no menos combativa y organizada, y exuda una simpatía y un carisma como nunca antes. Willa encarna la nueva generación, que sostiene que las batallas no se han perdido.
Anderson se inspiró en la novela de Thomas Pynchon Vineland de 1990, que recrea con liviandad, como antes en Vicio propio. El tono satírico ondea en toda la historia, que abunda en momentos de acción desde la primera escena, explosiones, persecuciones en coche, de la mejor tradición del cine yanqui, con la clásica música suspensiva. La escena álgida es la spielberguiana carrera de tres coches en una ondulada carretera, cada uno a ciegas, sin saber qué le espera, genial. Anderson dirige como pocos yanquis. Pero esta mezcla de thriller, acción, humor y política habla también y sobre todo de amor, y del vínculo padre-hija, o de posibles formas de paternidad.
El mayor mérito del film radica en la extraordinaria exhibición -sin pudores y con todo sarcasmo- de los métodos represivos que se practican en los Estados Unidos y los mecanismos que activa el poder. Desde el principio, cuando hace décadas los inmigrantes están encerrados en enormes jaulas junto a la frontera con México, hasta hoy, con la manera terrorista en que las fuerzas militares penetran en la vivienda privada del protagonista, salvaje, impunemente.

El título alude a la intemporalidad, o mejor, a la continuidad de la historia, a su vigente actualidad. Anderson siempre ha estado interesado en revisar el pasado. Si bien no hay fechas, cada batalla pudo suceder en los duros ’70, anteayer, u hoy. El problema de la migración, los métodos represivos, el racismo machista fueron y siguen siendo una lacra social, y están presentados rayando en el ridículo. En Estados Unidos y con su ejemplo y enseñanzas, en todo el mundo. Y la película propone las alternativas de la lucha a los más jóvenes en el disenso: el combate, o la resistencia activa.