Foco Kinuyo Tanaka. Festival de Mar del Plata, 1ª nota
Josefina Sartora
2022 es el año de recuperación y tributo a Kinuyo Tanaka (1910-1977): una retrospectiva en el Lincoln Center de NY, otra en el Festival de Edimburgo, un ciclo a ella dedicado en la Lugones, y ahora un Foco en el Festival de Mar del Plata. Nunca sabremos a qué se deben estas modas: de acuerdo, es tal vez la más emblemática actriz japonesa, también directora, y merece el reconocimiento. Esperamos similares homenajes a Setsuko Hara, Machiko Kyo, Hideko Takamine. Algo similar sucede con las películas de los festivales: hay títulos en Mar del Plata que estuvieron en Cannes o San Sebastián, en Viena, en Valdivia y Nueva York, y otras películas recientes no han pasado por ninguno de esos festivales.

Con una larga carrera, en más de doscientas películas, intérprete de melodrama, fetiche y musa de Kenji Mizogchi, presente también en muchas de Yazuhirô Ozu, de Mikio Naruse, fue la primera actriz japonesa que pasó a la dirección, con seis films que abordan la condición femenina. Tanaka también mereció un documental de Ron Ichikawa: Actriz.
El Festival presenta dos films de su dirección: Pechos eternos (Chibusa yo ein nare) y La luna se eleva (Tsuki wa naborinu), ambos de 1955.
El primero, inspirado en la biografía de la poetisa Fumiko Nakajo. Una mujer infelizmente casada y con dos niños, decide divorciarse de un marido infiel. Entonces desarrolla su actividad como poeta tanka, poesía típicamente japonesa.
En una segunda parte del film, ella contrae cáncer de pecho. Ni los pechos femeninos ni el cáncer de mama y su sufrido tratamiento habían sido abordados por el cine japonés hasta entonces, y casi por ninguno del mundo. El largo final es muy duro, sin contemplaciones, extraño en la cinematografía japonesa. Film sobre la condición de la mujer que aborda variados temas femeninos, un trabajo que implicó un gran compromiso de Tanaka, quien aparece en un cameo.

El guion de La luna se eleva es de Yasuhirô Ozu y Ryôsuke Saitô, y la marca de Ozu se percibe en toda la película: esas panorámicas de Nara con sus templos, esas habitaciones vacías, esas caminatas por los parques a la luz de la luna, toda la imagen y también el argumento siguen la huella del maestro. Este segundo film de la directora discurre plácido, sin graves conflictos, mostrando tres posibles relaciones amorosas, distintas, representativas de los cambios que vivía el Japón de post guerra. Las relaciones familiares y las de los jóvenes ocupan la historia de esta comedia romántica. Tres hermanas viven con su padre viudo (el gran Chishû Ryû, otra marca de Ozu). Una viuda que venera la memoria de su marido, una joven no muy dispuesta a aceptar el novio que le han elegido, y la más joven, la más creativa e independiente. Los tres tipos de mujer -fuertes, que deciden su futuro, una de kimono, otra de vestido y la menor de pantalones, y en bicicleta- coexisten en el Japón moderno. Lo notable es que no hay escenas de matrimonio: las chicas se van a Tokyo con sus parejas. A diferencia del mundo de Ozu, el padre no se lamenta por quedar en soledad, sino que impele a sus hijas a aceptar a sus hombres y seguirlos. Tanaka se reserva un breve secundario en una escena graciosa como la empleada doméstica, sin pasar a primer plano.

La películas de Mizoguchi le confirieron el perfil de la mujer japonesa oprimida por un régimen patriarcal, sea esposa, geisha o empleada, pero fuerte para asumir su lugar sacrificial. La vida de Oharu (Saikaku ichidai onna, 1952)-la película consagratoria del director y una de sus más perfectas- episódica, sigue las tribulaciones de una cortesana en el siglo XVII, menuda, delicada, abusada por todos ya como hija, como mujer, o como madre, vendida y comprada varias veces, sometida al orden injusto y arbitrario del varón, a la opresión, hasta la muerte le arrebata al hombre que la hacía feliz. Las distintas situaciones conforman un fresco social sobre los distintos estamentos del Japón feudal y falocéntrico. En cada círculo social, el desprecio es avasallador.
Con estructura circular, se trata de un largo flashback fragmentario y errático en el que Oharu rememora su vida pasada, sus experiencias, que lleva como una carga, hasta terminar anciana, mendicante. Mizoguchi es maestro del plano secuencia, que prefiere: nunca un primer plano, nunca un plano-contraplano, los travellings acompañan de lejos el derrotero de Oharu.
Mizoguchi ganó con esta película el León de Plata al mejor director en el Festival de Venecia, compartido con John Ford y Roberto Rossellini.
Muy distinta la película elegida de Keisuke Kinoshita, La balada de Narayama (Narayama bushikô, 1955). El ritual es famoso: en una aldea con carencias, que vive según costumbres arcaicas, en un nivel de primitivismo, cuando el adulto mayor llega a los 70 años debe ser llevado por su primogénito a la cumbre del monte Narayama, donde es abandonado a morir en soledad. En esa sociedad donde la muerte siempre tiene un lugar primordial, se habla de ella, se la espera, o se la busca, esta leyenda, esta costumbre ha merecido dos películas célebres. Lo notable es que Kinoshita elige un tratamiento teatral para contar la historia, inspirado en el teatro kabuki. El artificio es flagrante en todo momento: utiliza escenografía teatral, naturaleza artificial y telones pintados para los fondos de paisaje, y una luz que va virando según el momento, que crea distintos estados emocionales, o señala los cambios de estaciones. El punto de vista siempre es lejano a la escena, como si la cámara estuviera en la platea.

Tanaka es la anciana dueña de la sabiduría, el honor y el sentido común, quien, una vez que llega a su hogar una mujer noble que podrá ocupar su lugar, decide que ha llegado su hora de partir y organiza la ceremonia y el traslado. Una vez más, la mujer se sacrifica en beneficio de su familia, o de su comunidad. Sacrificio que despierta la rebelión del hijo, en conflicto porque no puede ir contra la voluntad materna. El film aborda temas arquetípicos y éticos, marcando modelos de conducta. Orin se eleva en toda su dignidad, en contrapunto con su vecino, quien se niega a subir al Narayama. Como en el teatro kabuki, un narrador en off acompaña la escena, con música de las cuerdas del shamisen, que sólo callan en la despedida final. Tanaka en los años finales de su carrera, todavía protagónica, menuda, casi reducida, da una performance conmovedora, consagratoria si hacía falta.
En 1983 Shoei Imamura volvió sobre esta leyenda, en una versión más realista y dura.
El Foco se completa con Madre, de Mikio Naruse, y Donde se ven las chimeneas, de Geinosuke Osho.
Gracias Josefina impresionante todo tu comentario.
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