La ballena

La ballena

Dirección Darren Aronofsky

Guion: Samuel D. Hunter

Estados Unidos/2022

Josefina Sartora

La ballena está abierta a las polémicas acerca de la gordofobia, un tema actual como todos los relacionados con los trastornos de la alimentación. Su protagonista hace honor a ese título por demás denigrante, disimulado tras la historia de Moby Dick. Brendan Fraser interpreta a un hombre de más de 200 kilos, debajo de montañas de maquillaje y rollos nunca disimulados, más aún, exhibidos en detalles que incluyen desnudos. (Entre paréntesis, una vez más Hollywood insiste en deformar a sus actores con prótesis exageradas para lograr caracterizaciones destinadas al fácil Oscar.)

Charlie no es feliz siendo como es, al contrario, tiene vergüenza de sí mismo, no sale de su casa, no pone su imagen en sus clases por zoom, y hace 8 años que no ve a su hija, a quien abandonó cuando él se enamoró de otro hombre. En suma, Charlie es presentado como un fracaso como hombre, y le es imposible encontrar placer o felicidad en nada que no sean los recuerdos, o un ensayo sobre Moby Dock. Ni siquiera la comida le da placer, y en varias ocasiones lo vemos atragantase con pizzas, pollo frito, sándwiches o golosinas con el obvio objetivo de matarse. En verdad, el problema de Charlie no es la gordura mórbida, sino su instinto de muerte, siempre alerta. Charlie es un suicida, que no atiende los reclamos de su amiga Liz (excelente Hong Chau, vista en El menú) para ir a un hospital. La obesidad es su síntoma, la culpa su carga.

Tampoco le resulta fácil restaurar la relación con una hija adolescente (Sadie Sink), signada por las marcas del abandono, que llega a él cargada de recriminaciones, ni con su ex esposa (loable regreso de Samantha Morton).  

Teatro filmado. No es este el mejor atributo para un film, pero La ballena no se aparta de su formato. De manera permanente se nos recuerda que estamos frente a una obra teatral (de Samuel Hunter): los 5 personajes, la única locación, las marcas temporales, el diálogo permanente. El solo rasgo que apela a lo cinematográfico son los primeros planos del protagonista, la obsesión de la cámara por mostrar sus gotas de sudor, la grasa que rodea su boca cuando come desaforadamente, sus ahogos cuando se ríe, o come sin masticar. En última instancia, no se trata de gordofobia, sino de sentimientos. Todo hacia Charlie oscila entre el rechazo y la piedad.

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