El día de la revelación (Disclosure Day)
Dirección: Stephen Spielberg
Guion: Stephen Spielberg y David Koepp
Estados Unidos/2026

Josefina Sartora
El regreso de E.T.
Steven Spielberg siempre ha estado fascinado, obsesionado incluso, por la vida extraterrestre, convencido de que la humana no es la única especie con inteligencia en el universo. En sus películas emblemáticas –E.T.(1982), Encuentros cercanos de tercer tipo (1977)-, los llegados de otros mundos vienen en son de paz -al contrario del cine de ciencia ficción clásico, donde los extraterrestres querían dominar la Tierra-, sus héroes se relacionan con ellos solidariamente, y en todo caso, son los gobiernos, los guardianes del establishment quienes conspiran para combatirlos, maltratarlos, exterminarlos o, en todo caso, negarlos.
En su nueva película, El día de la revelación, indaga en la manipulación que durante ocho décadas los gobiernos yanquis han hecho de las experiencias con extraterrestres llegados a la Tierra en distintas ocasiones, pero lamentablemente, más ocupado en la conducta de los terrestres que en la de los extranjeros. Durante dos horas y media los héroes corren (¿tras de qué?) acompañados por la música de John Williams, escapando de los villanos que ocultan la verdad. Que vamos conociendo de a poco, la información no se da de lleno hasta el final, aunque ya lo habíamos deducido. Los buenos -una periodista (Emily Blunt) y un matemático (el todo terreno Josh O’Connor)- han sido tocados por el destino, y tienen poderes superiores que les han llegado de los E.T. (no sabemos cómo ni por qué). Ellos huyen de los villanos que quieren callarlos: funcionarios de una agencia del gobierno reaccionario y todo poderoso, en suma, de Trump y sus conspiraciones. El grupo paranoico está liderado por el mayor villano (Colin Firth) que para más asombro tiene una varita mágica, con la cual se comunica y controla a terceros, a distancia. Lo interesante sobreviene cuando la varita cambia de mano, obvio. Emily Blunt es quien inserta la nota cómica, y lo hace muy bien, con encanto y simpatía.

En su última película, Spielberg parece haber perdido el sentido de la medida, y del timing. La seguidilla de carreras típicas del cine de acción yanqui desde la primera escena, la abrumadora cantidad de autos oficiales en juego, los paramilitares que también abundan y corren, el andar en la calesita, el escapar sin parar, sin tiempos muertos, cuando todo podía haber sido dicho mejor en una hora menos, hace que añoremos la mesura. Opuesta a la figura del villano, está la que encarna Colman Domingo, un protector de los bienintencionados y dueño de la Verdad. En la última media hora, vuelve el Spielberg optimista, creyente que las Grandes Verdades salvarán el Mundo. Resulta inevitable el recuerdo Duel, su opera prima, también en una carrera continua. El gran logro fue nunca mostrar al perseguidor. En cambio, aquí todo está mostrado, explicitado, exhibido sin necesidad.

Spielberg vuelve sobre su propio cine, sobre sus propias experiencias, con autorreferencias, en una reflexión sobre la conducta humana, sobre el posible destino de la humanidad. Pero sin síntesis, se olvida de que menos, es más.