La ópera de tres centavos
Dramaturgia: Bertolt Brecht
Música: Kurt Weill
Dirección: Gabriel Calderón
Dirección musical: Annunziata Tomaro
Teatro Intendente Alvear

Josefina Sartora
Tal vez la obra más célebre del músico Kurt Weill, La ópera de tres centavos configura una feroz crítica social concebida en 1928 con absoluta vigencia en nuestros días, y en nuestro castigado país. Claro que el autor del texto es Bertolt Brecht, en una de sus mejores creaciones. La obra denuncia la corrupción del sistema capitalista en el que vivimos.
Ambientada en el entorno bajo de Londres, los personajes pertenecen a los antros carenciados, castigados y necesitados de la sociedad, sometidos al poder de unos pocos. Peachum (Alejandro Paker) es el líder de los mendigos, a quienes cobra una comisión por trabajar bajo sus órdenes y cuidados, y conduce a las prostitutas. Macheath (o Mackie) (Roberto Peloni) es un bandido que se casa con la hija de Peachum, y despierta su ira, temeroso de perder su poder. Este busca alianza con el jefe de policía, que, sin embargo, es amigo de Mackie, pero el bandido termina en prisión, condenado a la horca.
Las líneas de Brecht tienen total vigencia cien años después, y, en un final del absurdo, culmina por denunciar la hipocresía del sistema.
Esta puesta fue una decisión conjunta del Teatro Colón y el teatro Intendente Alvear. Dos centros culturales oficiales, municipales. Por eso, llama la atención la contundencia de la crítica social, nada maniquea, ajena a las bipolaridades, ya que no deja títere con cabeza: la policía, las autoridades, los bancos, los ladrones, los mendigos, los millonarios, todos caen bajo su hacha. Y lo más contundente y actual, la denuncia de la brutal represión a pobres, jubilados y discapacitados. Milei, Bullrich, Piñeiro, ¿están allí? No olvidemos que la obra tuvo gran éxito con su denuncia del pre fascismo, y, tras la llegada de Hitler al poder, Weill y Brecht debieron huir de Alemania. No sería sorprendente que las autoridades decidan algún día levantar la obra, como procedieron con La Revista del Cervantes, tan crítica al gobierno nacional.
Sobre la puesta del uruguayo Daniel Calderón, hay mucho para discutir. Parece pensada para el escenario del Teatro Colón, y el del Alvear no tiene todas las posibilidades. Los actores parecen moverse incómodos en un espacio escénico constreñido, donde han armado una escenografía demasiado pretenciosa, con cortinados que suben y bajan (torpemente), escalinatas que no llevan a ninguna parte, andamios, cadalso, etc. Concebida más como comedia musical que como ópera, aunque carece de números de baile, y la coreografía de las escenas resulta confusa.

Encuentro que lo más logrado es la interpretación musical dirigida por Annunziata Tomaro, directora estadounidense con experiencia en el Teatro Colón. Hermosas piezas musicales, algunas muy transitadas por la música popular, como la balada Mack the Knife, más conocida como Moritat. En un hecho tan inexplicable como lamentable, el programa de mano no trae información sobre la orquesta ni sobre sus músicos. Ante la ausencia, pregunté a los músicos, que me informaron que el conjunto se formó específicamente para esta ocasión, con miembros de la Orquesta Estable del Teatro Colón e instrumentistas independientes. Excelentes músicos. Si los coros están a su altura, no sucede lo mismo con los solistas, sobre todo los varones, que gritaban para hacerse oír por sobre la orquesta. Pese a esos desequilibrios, es muy elogiable y bienvenida esta elección de Brecht que funciona como espejo esperpéntico de la Argentina actual.